Se
subió la bragueta y dejando una vacante en el urinario se situó frente al
espejo, en cuya esquina su mejor amigo Jim estaba intercambiando una oda de
voluptuosas pasiones mudas con una chica de un año menos, Betty creía recordar
que se llamaba. Procurando no centrar demasiado su atención en aquel
espectáculo de la naturaleza se mojó la cara, en la que se había dibujado una
sonrisa de connivencia matizada con un entrecejo fruncido por lo asquerosito de
la situación; y se repeinó el mil veces repeinado flequillo mientras trataba de
tranquilizar a aquel extraño que le miraba desde el otro lado del espejo con
cara de incertidumbre, como si de alguna manera aquel mantra telepático fuera a
afectarle a él en absoluto.
Con la
impaciencia pavorosa que siente un condenado a muerte por saber qué demonios se
esconden al otro lado del túnel salió del baño de chicos y se encendió un
cigarro con las últimas estrofas de Dani California. Apoyado sobre la pared del
gimnasio se dio cuenta de que el baile de graduación era exactamente como lo
pintaban las películas; con cuatro banderas semicirculares de rayas rojas y azules
sobre un fondo blanco clavadas encima de las puertas, con niños de smoking
barato reglamentario, y las niñas con el vestidito de sus vidas. La única
diferencia era que aquellas no conseguían plasmar la decadencia y la ridícula
sensación de paripé que flotaba en el aire más pesado que el humo que se
escapaba de sus pulmones con cada calada. Y allí estaba él, torcido, con su
pajarita torcida, sin saber muy bien qué hacer.
Cuando
iba por la mitad del cigarrillo le empezó a dar asco el sabor del alquitrán que
estaba inundando el nudo visceral que desde
hace un rato llevaba engendrando, y tras tirarlo al suelo lo aplastó con sus
zapatos otrora impolutos mientras de las cuerdas del bajo de la banda que
tocaba en el escenario comenzaban a vibrar los primeros acordes de Creep, de
Radiohead. Subió la mirada, y allí estaba ella, preciosa con su vestido, tanto,
que ni advirtió de qué color era, hablando con su amiga Demi al otro lado de la
pista de baile. La balada había hecho que la multitud se emparejase tan efímeramente
como dura una canción, abriéndose un desdibujado camino entre ambos, al otro
lado del cual le esperaba la mirada de ella. Entonces tuvieron la conversación
silenciosa más intensa de sus vidas.
Llevaban
siendo amigos desde que se conocieron el primer día de instituto, y nada había
cambiado desde entonces. No obstante, la situación se mostraba ahora distinta, el
futuro se abría virgen ante ellos, como un lienzo en blanco a un ciego. Ella
probablemente se trasladaría Baltimore a estudiar en la universidad, y él, a su
pesar, se quedaría a trabajar de mecánico en el taller de su padre. Sin
embargo, el brillo de sus ojos vislumbraba otro destino, uno en el que no se
separaba jamás de ella, un futuro cuya razón les liberaba de cualquier destino
y les condenaba a todos a la vez. Pero antes debía darle voz a las palabras que
sus miradas estaban gritando.
En
realidad no sabía por qué no se lo había dicho aún. El miedo a que le rechazara
parecía lo más plausible, pero no, no era eso. De algún modo le abrigaba la
certeza de saber qué ideas se escurrían en el interior de aquella chica que le
miraba tan fijamente sin llegar rozar el descaro, de palpar la complicidad que
hay en la bilateralidad. Con un respingo dejó de aturullarse con el por qué no
lo había hecho aún, y respirando profundamente se armó con el valor necesario
para hacerlo entonces; se enderezó malamente la pajarita, se guardó el Zippo de
su padre en el bolsillo y comenzó a abrirse paso hacia ella esquivando a las
parejas que fanáticamente se bamboleaban en el centro de la pista.
Deslizándose
a contracorriente coronó el centro de la pista, el ecuador de su suplicio, y le
invadieron las ganas de huir, de correr, correr sin rumbo hasta estamparse
contra una pared compasiva oportunamente levantada y caer inconsciente, pero
tragó saliva, o al menos lo intentó, y siguió adelante, hacia ella.
En ese
instante un beso le arrolló la mejilla. Algo se abalanzó delicadamente sobre él, lo
agarró de la cintura y suavemente empezó a zarandearlo al ritmo de la música.
Aún absorto en su ensimismamiento se dejó girar y abrazar como un fardo, hasta
que su novia le preguntó:
“Cariño,
¿qué te pasa?”
Entonces
se dio cuenta. No era el miedo a ser rechazado lo que le paralizaba el pulso,
sino el miedo a ser feliz. Le aterraba la idea de llegar a ser feliz algún día,
porque eso significaría dejar de serlo en algún momento, porque todo se acaba. Su
padre siempre le había dicho que era un mediocre, ¿y por qué iba a dejar de serlo
en el aspecto más fundamental de la vida?. Él se encontraba más cómodo en su
mundo de anodina felicidad, de tenues alegrías y paliados infortunios, en cuyo
horizonte se dibujaba un certero futuro en el taller familiar. Con la mirada
perdida respondió:
“Nada,
que te quiero”