lunes, 30 de diciembre de 2013

Un pulso chino



No creo que tenga las pelotas para llamarlo asco, será el respeto, o el cariño, o qué se yo, pero cada cual que lo llame como quiera. Me refiero a esa sensación que me nace en distintos puntos de la anatomía; garganta, barriga, la parte de arriba de la nuca donde nacen los escalofríos, y abdomen superior, justo debajo del corazón, pero bien lejos de él, cuando se abre el telón y fingimos que nos queremos. No estoy precisamente orgulloso de admitir que se me levanta, cada vez que tu figura se cuela en mi retina, cada vez que el móvil me advierte vibrando de tu presencia telemática justo antes de empezar a sonar, el labio superior, empujando el moflete y haciendo que el párpado de abajo se me contraiga casi imperceptiblemente con unas cosquillas horripilantes en lo que creo que es una mueca de, o dicen que es, asco, pero como he dicho, yo no lo llamaría así. No me malentiendas, también se me levanta, ya lo sabes, sigues conservando, o sigo conservando yo, esa cualidad, pero de esto sí que no estoy para nada orgulloso. De hecho, esto sí que es asco. Se me revuelven las tripas cada vez que nos revolcamos en tus sábanas y mi escepticismo se transforma en un monstruo horrible que te devora tu cuerpo, que roza nuestras pieles y te agarra de la mano y te quiere besar, pero te quise demasiado como para hacer esto último. Menos mal que cada vez lo hacemos menos. Quién nos lo iba a decir cuando empezamos, ¿eh? Pensábamos que nunca nos cansaríamos de querernos y de ruborizarnos a besos, y qué pronto se convirtió lo segundo en quedar para follar, y qué pronto se convirtió lo primero en rutina. Lo peor de todo es que estoy condenado a ti. Puedo abstraerme y ponerte mil caretas, y montarme mil películas en mi cabeza en las que tú no eres tú, eres cualquier otra, pero en la vida real no podría abandonarte por cualquiera de estas chicas sin nombre que se disfrazan de ti, porque estoy condenado a ti, estoy atado. Porque me da pánico pensar que sólo nos tenemos el uno al otro, y que más allá de nuestro teatro puertas afuera, y nuestra consumición entre bastidores, sólo nos queda la soledad. Es patético que sea el miedo a la soledad lo que nos condene a estar solos ahora mismo, mucho más solos que si no estuviéramos juntos, pero hace demasiado que entramos en una espiral de la que ninguno de los dos, deduzco, sabemos ni queremos salir. Cada vez que uno de los dos reúne el coraje de ver más allá del velo de desamor que nos hemos tejido en nuestras córneas metafóricas, el otro, aún ciego, y aterrado de ver por fin su sufrimiento terminar, le prorrumpe en reproches, tan falsos como su propia indignación, que acaban eclosionando en una sinfonía de amargos orgasmos poscoitales. Qué te voy a contar. Así, como sabrás, no llegamos a ningún lado. Sé que debería dejarte, y tú deberías dejarme a mí, pero sé que al igual que no lo voy a hacer yo, no lo vas a hacer tú. Pero estoy convencido de que en esta vida hay que echarle pelotas. Por eso te dejo esta carta en el cajón donde guardas nuestras fotos y todos los regalos que te he hecho estos años, para que si algún día te ataca la nostalgia y la descubres, la leas y te indignes tanto como lo estoy yo ahora, y termines de echarle los huevos que a mí me han faltado.


Un beso.