domingo, 26 de enero de 2014

Fuera de si



El pianista se recostó ligeramente sobre la pared costrosa de su celda, y del interior del colchón mugriento comenzó a desparramarse un lamento oxidado y monótono orquestado por una multitud de muelles cansados. Con la mirada perdida en sus pensamientos, empezó a botar sobre el colchón; primero una vez, luego otra vez, silencio y luego otra, otra y otra. Por muy frío que fuera el sonido metálico, la melodía le dejaba un regustillo a pasión en la saliva, un amago de dilatación en la pupilas, por fin entre tanta mierda olía un poco a pecado. Cerró los ojos, y dejando de botar empezó a silbar. Las notas resonaron de barrote en barrote hasta que inundaron todo el pasillo, incrustándose en los recuerdos grises del resto de los presos. No dejó de crear música cuando se acercó el celador.
—Cállate, Grodrick. ¿O es que aparte de los dedos quieres que te cosamos los labios?
Modulando aún la frecuencia del aire, se miró sus manos sin dedos. Todavía a veces podía sentirlos bailotear entre las teclas de su Steinway. Entonces dejó de silbar.
—¿Cuántas notas son necesarias para matar a una persona? 
—Conoces perfectamente la ley. Dos, y sólo dos notas.
—Está usted fuera de si. El guardia desconfió.
—¿Lo ve? Ha entonado mal, sería si si do si. Dos, y sólo dos notas —repitió entonando exageradamente. Aun así, está hecho todo un virtuoso, sargento.
El sargento se rio con más asco que ganas. Abrió la celda y le propinó una patada en el estómago.
—La escoria como tú y como todos vosotros me da asco. Ya estoy harto de vuestras provocaciones, de vuestro arte—le pisó los muñones—.¿Dónde están vuestras musas ahora? El pianista gritó de dolor.
Llegó corriendo por el pasillo un hombre en bata blanca acompañado por dos soldados. Llevaba consigo un cuaderno y un bolígrafo. Al ver el espectáculo entró en la celda y detuvo la agresión.
—No sea bruto, sargento, que no sería la primera vez que nos los deja tontos o lisiados, y así no me sirven. Si le parece, cada vez que se exceda, se los va a llevar usted a su casa, a limpiarles las babas y el culo. ¿Estamos?
El sargento se hizo a un lado avergonzado, aunque seguía mirando a Grodrick con la misma cara de repugnancia. El doctor comprobó brevemente que el pianista se encontraba aún funcional, se levantó, se colocó las gafas con compostura, se aclaró la garganta y leyó en voz alta:

“Carla Strass, pintora, celda cuatro cero cinco. Escáner. Alexandre Gul, escritor, celda cuatro dos dos. Lobotomía.”

Como si fueran autómatas, los dos soldados se dirigieron cada uno a una celda. Cuando se encontraban frente a las respectivas puertas, cargaron las armas que llevaban consigo y, como si no escucharan las súplicas que crispaban el aire, dispararon. La pintora y el escritor se desplomaron a los pocos segundos sedados en un silencio que sepultó las miradas del resto de reclusos. En cuanto sus mejillas besaron el frío del suelo sonó una bocina y de la puerta doble que había al final del pasillo apareció un regimiento de enfermeros que trotaba conducido por el delicado chirriar de las ruedas de las camillas. Se dividieron en dos grupos de tres. Dos asían al abatido por los pies y las axilas, y el tercero le bajaba los párpados de sus ojos aterrados. Metódicamente les colocaron en las camillas y condujeron los cuerpos a la sala que había al otro lado de las puertas abatibles.

Mientras el doctor apuntaba en su cuaderno la hora en que habían sido sedados y la dosis de tranquilizante que habían recibido, el pianista levantó la cabeza hacia el suboficial.
—Psss. ¡Wulth! El sargento se giró.
—¿Piensa llevarme a su casa a limpiarme el culo? ¿O tiene miedo de que vegetal y sin dedos pueda hacerle más a su mujer de lo que usted ha hecho en toda su vida con todo su cuerpo?
Wulth desenfundó su pistola y le encañonó el entrecejo.
—Una palabra más, una, y te juro que te vuelo los sesos, bohemio de mierda.
—No entre al trapo, sargento, que parece que nació ayer —el doctor le miró por encima de las gafas negando con condescendencia. La ira fluyó por las venas del soldado más viscosa que la sangre, temblando volvió a encajetar el arma en su funda.
El pianista comenzó a componer.
—¿Y sabe lo mejor? Grodrick se puso de rodillas.
Primero vendría el preludio afónico. Pero a medida que el sargento se giraba, notaba cómo  el silencio abrasante se convertía en música en su cabeza. Los movimientos se le arremolinaron en un mejunje amorfo de sinfonía, fuga y sonata, y los pelos se le erizaron con el éxtasis de sus sienes. Alzó la cabeza, sonrió, y magnífico cerró los ojos.
—Le susurraría una canción al oído.
Ni un segundo después le atravesó limpiamente el cráneo una bala que esparció sus sesos contra la pared. En cuanto encontró los agujeros, la música comenzó a brotar de su cabeza resonante, rellenando como un fluido meloso los huecos vacíos que dejaban las partículas del aire. Al ritmo se escurrían por la pared de su celda, dibujando un pentagrama vertical, las gotas de sangre negra coagulada , abrazando sus corcheas, sus negras y sus fusas neuronales. 

Enterraron su cuerpo a veinte metros bajo tierra, en un sarcófago de acero y hormigón, pero su obra póstuma no dejó de resonar entre los cimientos del hospital hasta que finalmente fue derribado.