miércoles, 23 de octubre de 2013

Donde se encuentra la felicidad



No sabía si algún día sería capaz de volver. Capaz de volver a amar, de volver a saber qué sentido tenía su vida, de volver por el camino que paso a paso le estaba alejando del mundo que él conocía. Una noche, cómplice del silencio del frío de la madrugada decidió materializar la metáfora en la que se había convertido su constante vigilia, y se marchó. No le comentó a nadie su viaje, ni siquiera se despidió de su perro. Así, con un poco de suerte, pensarían que su presencia había sido un sueño demasiado real. 


Sin más compañía que sus botas y su vieja mochila se fue abriendo paso a través de los grillos, hacia el norte, donde sabía que no había más carreteras, ni más casas, ni más ojos que pudieran descubrirle. Lo único que necesitaba era perderse, perderse para poder encontrarse, tal vez. Buscando su extravío se sumergió en demasiadas cimas, y coronó demasiado valles; pero ni el hielo de los glaciares ni el fuego de los volcanes pudieron apaciguar a la bestia que le estaba devorando por dentro.


Sus pasos le condujeron a una ciudad abandonada, cuyos rascacielos y apartamentos parecían habitados únicamente por una ausencia descolorida. Sabía que quería alejarse de aquel lugar, de cualquier mirada, de cualquier huella humana, pero sentía la necesidad irrefrenable de adentrarse en las arterias de aquel hábitat feroz de extinto frenesí metropolitano, de saber qué había ocurrido con la orquesta de cláxones y rugidos motorizados que armonizaba la vida urbana. Así, se adentró en aquel inmenso hormiguero para descubrir qué había sucedido, pero no encontró ningún rastro, ninguna evidencia, nada. De repente, al pasar cerca de un callejón oyó que algo se movía dentro de una caja de cartón. Con cuidado se acercó a ella e invadido por la incertidumbre abrió su parte superior, al tiempo que las lengüetas dejaban entrever que en el interior vivía una bola de pelo gris y apagado. En cuanto la luz del día entró en el cubículo, la esfera peluda se desenvolvió en sí misma, descubriendo al gato anciano y enfermo que escondía. Mientras los ojos del felino le escudriñaban con sorpresa y fascinación, él le preguntó qué había sucedido en la ciudad. El gato le respondió, con un brillo de felicidad en sus ojos, que lo que él había descubierto era que, hace mucho, el ayuntamiento de la ciudad empezó a tomar medidas drásticas para mejorar el nivel de vida de la ciudad. Comenzó prohibiendo la mendicidad y la música callejera, las fiestas en la calle y los puestos de venta ambulantes, pero pronto comenzó también a perseguir las fiestas en las casas, a quienes andaban por la calle demasiado rápido o demasiado lento y las conglomeraciones, hasta que un día, en pos de preservar la ciudad intacta, prohibieron que fuera habitada. Antes de dejar la ciudad para siempre, al igual que el resto de la gente, le preguntó al viejo gato qué hacía él para ser tan feliz, a lo que él contestó desde su caja:


“La felicidad está en la curiosidad”


A medida que se iba alejando del centro de aquella civilización fantasma, los edificios se fueron haciendo cada vez más pequeños y delgados, hasta que en algún punto se perdieron entre los frondosos árboles. Explorando aquel bosque centenario en el que se había adentrado, se tropezó con una ninfa etílica que yacía en el suelo junto a los restos humeantes de una hoguera. La mañana se había despertado fría, y ella se había desmayado desnuda, así que la arropó con su chaqueta raída y esperó hasta el fin de su letargo, recostado sobre la rama de un roble cercano. En cuanto abrió sus ojos se desperezó, y agarrándole de la mano comenzaron a bailar, sin música, sin orden, sin por qué. Exhaustos se dejaron caer sobre el suelo estrujados por la risa. Entonces, mientras le ofrecía el agua de su cantimplora, le comentó a la criatura su problema, y le preguntó qué hacía ella para ser feliz, a lo que ella respondió:


“La felicidad está en la diversión”


Se despidió de la ninfa y continuó su viaje sin destino. Sus pasos errantes le condujeron hasta el mar, cuyo oleaje arrastraba un canto siniestramente bello. Hundiendo sus pies en la arena comenzó a perseguir aquella melodía, hasta que se topó con la sirena que la cantaba, que en busca de marineros que seducir, y por los que ser seducida, se había quedado encallada en la playa. Con toda la serenidad que le permitían sus oídos, la cogió en brazos, contemplando la belleza de su cara, de su cuerpo y de su voz, y antes de devolverla al agua, le preguntó qué hacía ella para ser feliz, a lo que respondió, interrumpiendo momentáneamente su canto:


“La felicidad está en el amor”


Se dijeron adiós, y cada uno se sumergió en el mar que le correspondía. Sin agua en su cantimplora decidió que, además de a sí mismo, sería conveniente buscar un río. El gorgoteo del agua le condujo a un arroyo en cuya orilla un castor se afanaba en recoger pequeños palos de madera. Mientras rellenaba la cantimplora le vio dirigirse a la presa que estaba levantando con miles de pequeñas ramas, y supo que aquella construcción no iba a soportar el caudal; necesitaba troncos más grandes, pero el castor era demasiado pequeño, y estaba demasiado cansado, así que dejó la mochila a un lado y comenzó a cargar cuantos troncos de madera encontraba, y a colocarlos donde el castor le indicaba agradecido. En cuanto terminaron la empresa se sentaron a contemplar la obra de madera que habían tejido, y tras recuperar el aliento le preguntó qué hacía él para ser feliz. Frotándose las manitas respondió:


“La felicidad está en el trabajo”


Tras despedirse agarró su mochila, y con la cantimplora llena puso rumbo hacia el desierto. Sin embargo, antes tendría que atravesar la selva que comenzaba a abrirse ante sus ojos. Con cada zancada que le sumergía en la vegetación notaba cómo se perdía en un laberinto de humedad e himnos ornitológicos del que probablemente nunca sabría salir, pero no le importaba, porque eso era lo que él quería: perderse. De pronto, su improvisado camino se cruzó con un pequeño mono en cuya mirada humana pudo leer la desesperación por haber perdido a su cría. Conmocionado decidió ayudarle, y juntos fueron peinando la jungla, hoja por hoja, árbol por árbol, hasta que su altura privilegiada de bípedo le ayudó a encontrar al asustado bebé mono encaramado a una rama. Con cuidado lo recogió entre sus manos y lo bajo hasta el suelo, donde esperaba aliviado el papá o mamá mono, que en seguida se aferró a él y comenzó a cubrirle de caricias y carantoñas. Eternamente agradecido, el primate le quiso guiar hasta el final de la jungla. Entonces él comenzó a explicarle su situación, pero a medida que hablaba se iba dando cuenta de que no había solución alguna en perderse en un lugar del que no podía salirse aunque se quiera, así que agarró al mono de la mano y juntos caminaron hasta la linde donde la selva moría y nacía el desierto. Antes de despedirse de los dos monos, le preguntó al progenitor qué hacía él para ser feliz, a lo que respondió acunando entre sus brazos a su bebé:


“La felicidad está en la familia”  


La exuberante vegetación iba dejando paso a un mar de arena incandescente que le abrasaba a cada paso la planta de los pies, así que, antes de que fuera demasiado tarde, buscó un árbol caído lo suficientemente grande como para que pudiera servirle de navío, y colocando su chaqueta a modo de vela en una de las ramas comenzó a surcar las dunas llevado por el viento. Tras cuatro noches bajo la mirada atenta de la luna avistó lo que le pareció ser un modesto oasis, sin palmeras ni aguas cristalinas; era un charco con un dedo de agua rodeado de un par de arbustos resecos, pero ya era más de lo que su árido gaznate podía desear. En cuanto se hubo acercado lo suficiente saltó de su embarcación, y zambulléndose en el océano de médanos ondulantes reptó hasta el agua. Justo cuando iba a apagar su sed abrasiva, de uno de los matorrales apareció una serpiente. Deslizándose se colocó frente a él, al otro lado del charco, y tras un cruce de miradas expectantes susurró:


“La felicidad está en uno mismo”


La cabeza le dio un vuelco, y en sus sesos se clavó el mensaje que se escondía tras aquellas palabras seseantes. Se quedó atónito; era algo que había sabido siempre, pero no se había dado cuenta hasta ahora. Cuando quiso volver la mirada hacia la serpiente, ésta se había desvanecido entre los reflejos engañosos del desierto. Entonces, feliz, recordó que tenía sed, pero ya no le importaba si aquel charco era también un espejismo, porque por fin había finalizado su viaje.

martes, 8 de octubre de 2013

No hay peor ciego



Siempre pedía en la misma esquina. Cada mañana se levantaba con las primeras luces del alba, fragmentadas por el horizonte escarpado de las azoteas de Madrid, e iniciaba su migración matutina hasta el cruce de la calle Alcalá con Recoletos. Allí se ganaba malamente la vida, de ventanilla en ventanilla, de Mercedes en Mercedes, de ejecutivo en ejecutivo; ajado y sucio, como el vaso de cubata que le acompañaba siempre entre sus temblorosas manos como un compañero de viaje en la carretera hacia la decadencia. 

Los mejores días, su pozo de los deseos polimérico le regalaba desde el fondo de su cilíndrica morfología un puñado de monedas de diez y veinte céntimos suficientes como para comprarse una hamburguesa en el McDonald’s de la Calle Atocha con el Paseo del Prado; y si había suerte y le atendía Jorge, y no miraba el encargado, a veces caían también unas patatas medianas con un par de sobrecitos de kétchup y solidaridad. El resto de las veces, la mayor parte de ellas, tenía que buscarse el pan en los contenedores de basura de los supermercados, en una patética carrera con otros merodeadores urbanos; vagabundos, parados y jubilados, por ver quién encontraba los yogures menos caducados. 

Cuando caía la noche regresaba a su céntrico chalet de cartón, a su nido, antes de que las especies depredadoras nocturnas del ecosistema metropolitano salieran a cazar. Esporádicamente le atacaba una bandada de buitres borrachos en busca de un poco de carroña con la que divertirse mientras les durara el pedo, pero lo que más temía eran las emboscadas de los cuerpos de seguridad del Estado, que, por acta oficial del ayuntamiento, tenían orden de despertar, disturbar y desalojar a cualquier ciudadano que se encontrara descansando en la vía pública. Así, él, y tantos otros, se convirtieron en nómadas de ciudad, en fugitivos inocentes perseguidos por una ley de la cual estaban excluidos. 

A pesar de los intentos de la administración por hacer desaparecer aquella peste humana que infestaba sus calles y paseos, aquel ejército de hombres y mujeres, de niños y de ancianos, seguía migrando sin rumbo ni techo, recorriendo los barrios de Madrid, cada uno girando en su propia espiral; espiral en cuyo centro se encontraba lo que un día fue se hogar, su pasado al que era demasiado doloroso regresar.

Cada día más gente se unía a esta marcha lamentable. La crisis económica y la ola insaciable de desahucios no hacían más que engordar las filas de esta realidad silenciosa, una realidad que todo el mundo veía, pero nadie quería ver. En una desesperada intervención por limpiar el nombre de la ciudad, cuya reputación había hecho desplomarse el turismo en caída libre en los últimos meses, el ayuntamiento decidió declarar a los vagabundos, sintecho, mendigos y demás maleantes como invisibles. Así la capital sería un lugar mucho más seguro, limpio, y sobre todo, más humano.

Desde que fue clasificado como transparente, le empezó a costar mucho más ganarse la vida. Antes, en su esquina de Recoletos nadie le miraba. Ahora, nadie dejaba las monedas de los intersticios del coche en su viejo cubata. Nadie bajaba la ventanilla. Nadie le veía. 
     
La fría mañana del 24 de diciembre dejó su improvisado hogar bajo el techo de la Parroquia del Buen Suceso, frente al Corte Inglés de Princesa, y subió por la nevada Gran Vía mientras se colocaba su gorrito de lana ennegrecido y sus guantes, o lo que quedaban de ellos. Al llegar a su esquina frente a la diosa Cibeles, y el ayuntamiento que lo había hecho desaparecer, agarró su vaso, lo limpió un poco con el dedo índice, y cruzó hacia Banco de España. Tenía la esperanza de poder reunir suficiente dinero como para comprar unas lonchas de chóped y llevarlas para la cena de Nochebuena en casa de su hija, a la que hacía cuatro años que no veía. En ese momento un Mercedes se saltó el semáforo y lo atropelló, llevándose su vida en su parachoques abollado. 

La ambulancia recogió su cuerpo siguiendo las huellas de sangre en la nieve, y lo llevaron a la morgue. Allí pasó sólo, una vez más, la Nochebuena. ¿Pero quién hubiera ido a verle, si era invisible?

viernes, 4 de octubre de 2013

La vergüenza de las hormigas



No sé si lo sabéis, pero las hormigas vivimos en grandes ciudades subterráneas. Entramos por los hormigueros, y tras dejar atrás un par de kilómetros de galerías serpenteantes, puestas ahí para engañaros, se abren enormes cúpulas sobre rascacielos de raíces y arena y casitas de adobe que nunca han visto la luz del sol. 

Aquí, en nuestras civilización soterrada, la vida se desarrolla de manera muy parecida a como lo hace ahí arriba. Ingenuamente pensáis que nuestra sociedad se compone únicamente de obreros, soldados y reinas; ingenuamente porque vuestra sociedad no se aleja demasiado de esta realidad. No obstante, aquí también tenemos médicos, abogados, economistas, bomberos y arquitectos. Aquí también nos cobija una carta magna, pagamos impuestos en grano, y discutimos con el vecino.  

Es cierto que la reina es la encargada de poner los huevos, pero el auténtico líder es el presidente de la colonia. Se elige democráticamente cada cuatro estaciones, y toma las decisiones importantes, como ir a la guerra o subir el alimento de los sueldos; gestiona la recogida de provisiones, y se encarga de que se mantenga el orden en la ciudad.

En nuestra colonia, hubo un año que fue muy seco, y la recogida fue especialmente escasa. Las arcas se vaciaban, y no llegaba comida del exterior. Ante la difícil situación, muchas hormigas se quedaron sin trabajo para poder seguir pagando al resto su grano. Ese invierno hubo elecciones, y el frío se llevó al antiguo presidente, y trajo a un nuevo gobernante que prometía que él haría llover. 

Llegó la primavera, y no llovió. Más hormigas se quedaron sin trabajo, y empezaron a cerrarse hospitales, porque no había grano suficiente para mantenerlos. En las calles de la ciudad se empezó a rumorear que nuestro líder no sabía hacer llover, que nos estaba mintiendo. En cuanto se enteró, el presidente reunió a todas las hormigas y anunció que no había por qué alarmarse: ¡había llovido, había llovido mucho, monzones! Pero había que esperar a que crecieran los brotes verdes para recogerlos.

El calor del verano secó el optimismo de la ciudad. A falta de agua, la sociedad empezó a nadar en el escepticismo. Nuestro gobernante seguía asegurando con firmeza que estaba lloviendo, y que pronto vendrían los nuevos alimentos, pero de fuera no llegaban noticias de una sola gota de agua. Cada vez más hormigas se quedaban sin trabajo, y sin nada que llevarse a la boca; y cada vez seguían cerrándose más hospitales y escuelas, e inexplicablemente las arcas seguían vaciándose cada vez más deprisa. 

Hartas de mentiras, las hormigas se empezaron a congregar en manifestaciones, pidiendo la dimisión de su presidente. Cada día, varias manifestaciones cruzaban la ciudad, exigiendo un líder que, lejos de inventarse la realidad, fuera capaz de arreglarla. Molesto con tanta crítica inútil, el presidente mandó al ejército de hormigas soldado vigilar todas las marchas, y, cuando el ruido fuera excesivo, disolverlas. Así, con miedo, consiguió acallar la voz que se estaba creando. 

Las hormigas empezaron a morirse en las esquinas. Unas de hambre, otras por falta de hospitales, y otras, de pena. Las marchas cada vez eran más multitudinarias, pero el presidente se negaba a dejar su puesto, y nadie sabía por qué. Una tarde de otoño se descubrió que el líder había estado robando comida de las arcas de la ciudad, y mientras su pueblo se moría de hambre, él había conseguido desviar un silo de grano suficiente para alimentar a media colonia.

La ciudad enloqueció. Toda la población dejó su miedo en casa y salió a la calle. Como una fuerza más de la naturaleza, la muchedumbre furiosa rodeó el palacio del gobernante. Entonces, el presidente de las hormigas, nuestro presidente, ordenó al ejército trazar un cordón marcial alrededor del palacio, esperar a los ciudadanos y aplastar despiadadamente aquella revuelta. 

La masa llegó al círculo de seguridad, y los soldados recibieron la orden de morder con toda la fuerza de sus mandíbulas a los indignados. Sin embargo, cuando se encontraron frente a frente, antena frente a antena, cada soldado vio en los ojos de la multitud la desesperación que tenía la mirada de su larva, que se iba cada noche con el abdomen vació a la cama, o la de su madre anciana, que se moría por no tener grano suficiente con que pagar los gastos médicos.

Avergonzados, los soldados fueron recibidos con vítores por el resto, y juntos echamos al presidente ladrón de su posición, y con la ayuda de la justicia le enviamos a donde van los ladrones, a la cárcel.

Esta es la triste historia de nuestra ciudad, pero lo más triste de todo es que a veces subo a la vuestra, y lloro.