No
sabía si algún día sería capaz de volver. Capaz de volver a amar, de volver a
saber qué sentido tenía su vida, de volver por el camino que paso a paso le
estaba alejando del mundo que él conocía. Una noche, cómplice del silencio del
frío de la madrugada decidió materializar la metáfora en la que se había
convertido su constante vigilia, y se marchó. No le comentó a nadie su viaje,
ni siquiera se despidió de su perro. Así, con un poco de suerte, pensarían que
su presencia había sido un sueño demasiado real.
Sin más
compañía que sus botas y su vieja mochila se fue abriendo paso a través de los
grillos, hacia el norte, donde sabía que no había más carreteras, ni más casas,
ni más ojos que pudieran descubrirle. Lo único que necesitaba era perderse, perderse
para poder encontrarse, tal vez. Buscando su extravío se sumergió en demasiadas
cimas, y coronó demasiado valles; pero ni el hielo de los glaciares ni el fuego
de los volcanes pudieron apaciguar a la bestia que le estaba devorando por
dentro.
Sus
pasos le condujeron a una ciudad abandonada, cuyos rascacielos y apartamentos
parecían habitados únicamente por una ausencia descolorida. Sabía que quería
alejarse de aquel lugar, de cualquier mirada, de cualquier huella humana, pero
sentía la necesidad irrefrenable de adentrarse en las arterias de aquel hábitat
feroz de extinto frenesí metropolitano, de saber qué había ocurrido con la
orquesta de cláxones y rugidos motorizados que armonizaba la vida urbana. Así,
se adentró en aquel inmenso hormiguero para descubrir qué había sucedido, pero
no encontró ningún rastro, ninguna evidencia, nada. De repente, al pasar cerca
de un callejón oyó que algo se movía dentro de una caja de cartón. Con cuidado
se acercó a ella e invadido por la incertidumbre abrió su parte superior, al
tiempo que las lengüetas dejaban entrever que en el interior vivía una bola de
pelo gris y apagado. En cuanto la luz del día entró en el cubículo, la esfera
peluda se desenvolvió en sí misma, descubriendo al gato anciano y enfermo que
escondía. Mientras los ojos del felino le escudriñaban con sorpresa y
fascinación, él le preguntó qué había sucedido en la ciudad. El gato le
respondió, con un brillo de felicidad en sus ojos, que lo que él había descubierto
era que, hace mucho, el ayuntamiento de la ciudad empezó a tomar medidas
drásticas para mejorar el nivel de vida de la ciudad. Comenzó prohibiendo la
mendicidad y la música callejera, las fiestas en la calle y los puestos de
venta ambulantes, pero pronto comenzó también a perseguir las fiestas en las
casas, a quienes andaban por la calle demasiado rápido o demasiado lento y las
conglomeraciones, hasta que un día, en pos de preservar la ciudad intacta,
prohibieron que fuera habitada. Antes de dejar la ciudad para siempre, al igual
que el resto de la gente, le preguntó al viejo gato qué hacía él para ser tan
feliz, a lo que él contestó desde su caja:
“La
felicidad está en la curiosidad”
A
medida que se iba alejando del centro de aquella civilización fantasma, los
edificios se fueron haciendo cada vez más pequeños y delgados, hasta que en
algún punto se perdieron entre los frondosos árboles. Explorando aquel bosque
centenario en el que se había adentrado, se tropezó con una ninfa etílica que
yacía en el suelo junto a los restos humeantes de una hoguera. La mañana se
había despertado fría, y ella se había desmayado desnuda, así que la arropó con
su chaqueta raída y esperó hasta el fin de su letargo, recostado sobre la rama
de un roble cercano. En cuanto abrió sus ojos se desperezó, y agarrándole de la
mano comenzaron a bailar, sin música, sin orden, sin por qué. Exhaustos se
dejaron caer sobre el suelo estrujados por la risa. Entonces, mientras le
ofrecía el agua de su cantimplora, le comentó a la criatura su problema, y le
preguntó qué hacía ella para ser feliz, a lo que ella respondió:
“La
felicidad está en la diversión”
Se
despidió de la ninfa y continuó su viaje sin destino. Sus pasos errantes le
condujeron hasta el mar, cuyo oleaje arrastraba un canto siniestramente bello.
Hundiendo sus pies en la arena comenzó a perseguir aquella melodía, hasta que se
topó con la sirena que la cantaba, que en busca de marineros que seducir, y por
los que ser seducida, se había quedado encallada en la playa. Con toda la
serenidad que le permitían sus oídos, la cogió en brazos, contemplando la
belleza de su cara, de su cuerpo y de su voz, y antes de devolverla al agua, le
preguntó qué hacía ella para ser feliz, a lo que respondió, interrumpiendo
momentáneamente su canto:
“La
felicidad está en el amor”
Se
dijeron adiós, y cada uno se sumergió en el mar que le correspondía. Sin agua
en su cantimplora decidió que, además de a sí mismo, sería conveniente buscar
un río. El gorgoteo del agua le condujo a un arroyo en cuya orilla un castor se
afanaba en recoger pequeños palos de madera. Mientras rellenaba la cantimplora
le vio dirigirse a la presa que estaba levantando con miles de pequeñas ramas,
y supo que aquella construcción no iba a soportar el caudal; necesitaba troncos
más grandes, pero el castor era demasiado pequeño, y estaba demasiado cansado,
así que dejó la mochila a un lado y comenzó a cargar cuantos troncos de madera
encontraba, y a colocarlos donde el castor le indicaba agradecido. En cuanto
terminaron la empresa se sentaron a contemplar la obra de madera que habían
tejido, y tras recuperar el aliento le preguntó qué hacía él para ser feliz. Frotándose
las manitas respondió:
“La
felicidad está en el trabajo”
Tras
despedirse agarró su mochila, y con la cantimplora llena puso rumbo hacia el
desierto. Sin embargo, antes tendría que atravesar la selva que comenzaba a
abrirse ante sus ojos. Con cada zancada que le sumergía en la vegetación notaba
cómo se perdía en un laberinto de humedad e himnos ornitológicos del que
probablemente nunca sabría salir, pero no le importaba, porque eso era lo que
él quería: perderse. De pronto, su improvisado camino se cruzó con un pequeño
mono en cuya mirada humana pudo leer la desesperación por haber perdido a su
cría. Conmocionado decidió ayudarle, y juntos fueron peinando la jungla, hoja
por hoja, árbol por árbol, hasta que su altura privilegiada de bípedo le ayudó a
encontrar al asustado bebé mono encaramado a una rama. Con cuidado lo recogió
entre sus manos y lo bajo hasta el suelo, donde esperaba aliviado el papá o
mamá mono, que en seguida se aferró a él y comenzó a cubrirle de caricias y
carantoñas. Eternamente agradecido, el primate le quiso guiar hasta el final de
la jungla. Entonces él comenzó a explicarle su situación, pero a medida que
hablaba se iba dando cuenta de que no había solución alguna en perderse en un lugar
del que no podía salirse aunque se quiera, así que agarró al mono de la mano y
juntos caminaron hasta la linde donde la selva moría y nacía el desierto. Antes
de despedirse de los dos monos, le preguntó al progenitor qué hacía él para ser
feliz, a lo que respondió acunando entre sus brazos a su bebé:
“La
felicidad está en la familia”
La
exuberante vegetación iba dejando paso a un mar de arena incandescente que le
abrasaba a cada paso la planta de los pies, así que, antes de que fuera
demasiado tarde, buscó un árbol caído lo suficientemente grande como para que
pudiera servirle de navío, y colocando su chaqueta a modo de vela en una de las
ramas comenzó a surcar las dunas llevado por el viento. Tras cuatro noches bajo
la mirada atenta de la luna avistó lo que le pareció ser un modesto oasis, sin palmeras
ni aguas cristalinas; era un charco con un dedo de agua rodeado de un par de
arbustos resecos, pero ya era más de lo que su árido gaznate podía desear. En
cuanto se hubo acercado lo suficiente saltó de su embarcación, y zambulléndose
en el océano de médanos ondulantes reptó hasta el agua. Justo cuando iba a
apagar su sed abrasiva, de uno de los matorrales apareció una serpiente.
Deslizándose se colocó frente a él, al otro lado del charco, y tras un cruce de
miradas expectantes susurró:
“La felicidad
está en uno mismo”
La
cabeza le dio un vuelco, y en sus sesos se clavó el mensaje que se escondía
tras aquellas palabras seseantes. Se quedó atónito; era algo que había sabido
siempre, pero no se había dado cuenta hasta ahora. Cuando quiso volver la
mirada hacia la serpiente, ésta se había desvanecido entre los reflejos
engañosos del desierto. Entonces, feliz, recordó que tenía sed, pero ya no le
importaba si aquel charco era también un espejismo, porque por fin había
finalizado su viaje.