(...)
Por desgracia creo que me apresuré demasiado en la ingesta; empecé a notar cómo se sublevaban verticalmente a retortijones los reflujos estomacales por mi esófago. No tenía nada claro si lo que sentía eran náuseas o un hambre voraz (lo que los entendidos en la materia denominan potambre), así que, sin tiempo ni ganas de pararme a escuchar mis conversaciones gastrointestinales le robé un mendrugo de pan al mendrugo humano que tenía sentado al otro lado de la mesa del comedor, que, a juzgar por su cara de abstracción cósmica, parecía estar muy atareado devorando sus propias neuronas en lugar de su plato de micción de dudosa categoría gastronómica (no seré yo quien le juzgue), y salí pitando hacia mi cuarto. Por desgracia, subiendo las escaleras se me terminaron de amalgamar las tripas y por poco se me escapa el sopón antes de llegar al váter.
Por desgracia creo que me apresuré demasiado en la ingesta; empecé a notar cómo se sublevaban verticalmente a retortijones los reflujos estomacales por mi esófago. No tenía nada claro si lo que sentía eran náuseas o un hambre voraz (lo que los entendidos en la materia denominan potambre), así que, sin tiempo ni ganas de pararme a escuchar mis conversaciones gastrointestinales le robé un mendrugo de pan al mendrugo humano que tenía sentado al otro lado de la mesa del comedor, que, a juzgar por su cara de abstracción cósmica, parecía estar muy atareado devorando sus propias neuronas en lugar de su plato de micción de dudosa categoría gastronómica (no seré yo quien le juzgue), y salí pitando hacia mi cuarto. Por desgracia, subiendo las escaleras se me terminaron de amalgamar las tripas y por poco se me escapa el sopón antes de llegar al váter.
Pero llegué. No voy a
relatar cómo invertí el proceso de la nutrición, cómo me volqué en cuerpo y
alma en el retrete, y cómo lo deje al pobre cuando nos separamos, incluso
después de tirar de la cadena. Después de descargar la cisterna un par de veces
más me senté unos instantes junto al amorfo paraboloide de porcelana para
recuperar el aliento, y caí entonces en las evidentes similitudes que existen
entre los estados consecuentes al vómito y al coito; ambos actos te dejan
jadeante y sudoroso, en un estado mental semivegetativo y comúnmente, en
ciertas circunstancias, al terminar sendos actos, uno acaba prometiéndose una
de las mayores falacias de la historia de la humanidad: que nunca volverá a
beber tanto.
Extasiado por mi confuso sistema límbico inundado
de oxitocina pasé el brazo por encima de la cisterna, por cuya tapa anduvo mi
dedo corazón sinuosamente buscando su punto G metálico, dividido en dos
botones, uno para asuntos ligeros, otro para menesteres mayores, mientras que
mi otra mano se paseaba por mi boca, deseando encontrarse con un cigarrito en
algún punto entre mis labios. Cuando terminé imaginariamente de fumármelo me
deshice de la última bocanada de humo con la anunciada amargura que producen
las últimas caladas de todo, le pegué un beso breve en la mejilla, y me levanté
con un suspiro.
—Me quedaría un rato más,
cariño, pero tengo una entrevista, y voy un poco pillado. Ha estado bien. Nos
volveremos a ver— No pensaba volver a verla. Soy demasiado joven como para atarme
a una cisterna de por vida, así que después de guiñarle un ojo borré mi sonrisa
de vendechapas y cerré la puerta tras de mí para siempre. Me enjuagué la boca
hasta que perdió el regustillo biliar, y ya de paso me remojé el careto pálido;
me sequé las manos en los pantalones y sin mirar atrás salí del aseo.
Una vez en mi habitación
eran ya las tres y dos minutos, así que me apresuré en recolectar y doblar todos
los papeles que me habían pedido y, falto de tiempo para lavarme los dientes y
sobrado de necesidad (era plenamente consciente de que entre la regurgitación y
la sopa, mi aliento era probablemente neurotóxico), me llené los mofletes de
agua y estrujé el bote de pasta de dientes
en mi boca.
Cerré la puerta y salí
corriendo hacia las escaleras mientras hacía gárgaras por el pasillo, lo cual,
descubrí, era mala combinación, ya que la mitad del “agua de dientes” acabó
derramada sobre los papeles y sobre mí mismo. Para subir las escaleras decidí cesar las
gárgaras, si no quería acabar empapado del todo. Sin embargo, fue esto casi
peor solución que si hubiera continuado con las gárgaras, ya que sin proceso
alguno de refrigeración bucal, descubrí que la mierda de pasta de dientes me
estaba abrasando la lengua, así que llegando al tercer piso no me quedó más
remedio que echar la cabeza para atrás y sacar la lengüita al aire, con la mala
suerte de que buscando el timbre de la habitación 17B algo de líquido se me
coló por la faringe hasta la nariz, lo que me hizo estornudar todo el aguaza
sobre la puerta, en una nueva forma de arte interiorista que titulé «Dentífrico
y babas sobre madera lacada» mientras mis ojos se descosían en lagrimones e
intentaba paliar el hormigueo en mis sesos rascándome con ansia las sienes.
La puerta, que había
estado entreabierta desde el principio, se terminó de abrir para dejar paso a
una cara femenina fragmentada por la sorpresa que tras contemplar mi reciente
obra de arte sobre su entrada dirigió hacia mí su mirada ligeramente
descompuesta.
—¿Puedo… ayudarle?—
preguntó muy amablemente la señorita.
—¡Pica!¡Y quema!— pensé en
espetarle; pero la dulzura rota de su mirada escandalizada me conmovió y me excitó a partes iguales, por lo que en
el acto giré el timón de mi discurso hacia rumbos más románticos. Sólo tenía
que tomar prestadas mis impresiones sobre ella y dinamitarlas mentalmente hasta
el punto en el que se atomizan hasta los pensamientos, y luego reconstruirlos
de un modo tan ridículamente desligado de la realidad que, puestos en forma de
palabras, pudieran quedar hasta atractivos. Chupado. Así que, con los ojos
empantanados y la voz aún temblorosa, le recité:
«La preocupación que
dibuja los surcos en tu rostro cubista se escurre por tu frente, por tus ojos y
tus labios, alimentando la crisálida de una juventud marchita de la que se ha
escapado el oro de tu tiempo, y la esencia de los años».
Hubo una pausa.
—¿Me estás llamando vieja?
—Sólo digo que tienes unas
pocas arruguitas, pero vamos, que yo te daba…
—¡¿Perdón?!— la ira
creciente de sus ojos marcaba más aún sus arrugas, pero evidentemente no iba a
señalárselo ahora.
—¡La música, la música,
escucha la música!— improvisé como buenamente pude— ¿No la escuchas? Es la
melodía que nos susurra que tú y yo deberíamos…
—¡Sí!— me cortó
bruscamente— ¡Sí la oigo! ¡Gracias al cielo!
—¿Ah, sí?... ¿La oyes?—
pregunté un tanto sorprendido.
—¡Sí, y tú también!— se le
saltaban las lágrimas de la emoción; ya teníamos algo en común— Todos estos
años diciendo que estaba loca, ¡pero ahora tú también la oyes! Díselo. ¡Díselo!
Háblales de la música. Diles que no estoy loca. ¡Háblales de la música!
—Pero verás, es que yo…
—Cállate, coño, que esta
parte me encanta— cerró los ojos y empezó a bambolearse moviendo los dedos
índices al ritmo de, lo que supuse que era, la música.
Entonces una voz
proveniente del fondo de la habitación rompió lo que (en mi mente al menos) era
un silencio crispado por los tarareos provenientes de la cabeza de aquella mujer
bailonga.
(continuará)