domingo, 27 de abril de 2014

Se abre el telón (2)



(...)

Por desgracia creo que me apresuré demasiado en la ingesta; empecé a notar cómo se sublevaban verticalmente a retortijones los reflujos estomacales por mi esófago. No tenía nada claro si lo que sentía eran náuseas o un hambre voraz (lo que los entendidos en la materia denominan potambre), así que, sin tiempo ni ganas de pararme a escuchar mis conversaciones gastrointestinales  le robé un mendrugo de pan al mendrugo humano que tenía sentado al otro lado de la mesa del comedor, que, a juzgar por su cara de abstracción cósmica, parecía estar muy atareado devorando sus propias neuronas en lugar de su plato de micción de dudosa categoría gastronómica (no seré yo quien le juzgue), y salí pitando hacia mi cuarto. Por desgracia, subiendo las escaleras se me terminaron de amalgamar las tripas y por poco se me escapa el sopón antes de llegar al váter. 

Pero llegué. No voy a relatar cómo invertí el proceso de la nutrición, cómo me volqué en cuerpo y alma en el retrete, y cómo lo deje al pobre cuando nos separamos, incluso después de tirar de la cadena. Después de descargar la cisterna un par de veces más me senté unos instantes junto al amorfo paraboloide de porcelana para recuperar el aliento, y caí entonces en las evidentes similitudes que existen entre los estados consecuentes al vómito y al coito; ambos actos te dejan jadeante y sudoroso, en un estado mental semivegetativo y comúnmente, en ciertas circunstancias, al terminar sendos actos, uno acaba prometiéndose una de las mayores falacias de la historia de la humanidad: que nunca volverá a beber tanto.  

Extasiado por mi confuso sistema límbico inundado de oxitocina pasé el brazo por encima de la cisterna, por cuya tapa anduvo mi dedo corazón sinuosamente buscando su punto G metálico, dividido en dos botones, uno para asuntos ligeros, otro para menesteres mayores, mientras que mi otra mano se paseaba por mi boca, deseando encontrarse con un cigarrito en algún punto entre mis labios. Cuando terminé imaginariamente de fumármelo me deshice de la última bocanada de humo con la anunciada amargura que producen las últimas caladas de todo, le pegué un beso breve en la mejilla, y me levanté con un suspiro.

—Me quedaría un rato más, cariño, pero tengo una entrevista, y voy un poco pillado. Ha estado bien. Nos volveremos a ver— No pensaba volver a verla. Soy demasiado joven como para atarme a una cisterna de por vida, así que después de guiñarle un ojo borré mi sonrisa de vendechapas y cerré la puerta tras de mí para siempre. Me enjuagué la boca hasta que perdió el regustillo biliar, y ya de paso me remojé el careto pálido; me sequé las manos en los pantalones y sin mirar atrás salí del aseo.

Una vez en mi habitación eran ya las tres y dos minutos, así que me apresuré en recolectar y doblar todos los papeles que me habían pedido y, falto de tiempo para lavarme los dientes y sobrado de necesidad (era plenamente consciente de que entre la regurgitación y la sopa, mi aliento era probablemente neurotóxico), me llené los mofletes de agua y estrujé el  bote de pasta de dientes en mi boca. 

Cerré la puerta y salí corriendo hacia las escaleras mientras hacía gárgaras por el pasillo, lo cual, descubrí, era mala combinación, ya que la mitad del “agua de dientes” acabó derramada sobre los papeles y sobre mí mismo.  Para subir las escaleras decidí cesar las gárgaras, si no quería acabar empapado del todo. Sin embargo, fue esto casi peor solución que si hubiera continuado con las gárgaras, ya que sin proceso alguno de refrigeración bucal, descubrí que la mierda de pasta de dientes me estaba abrasando la lengua, así que llegando al tercer piso no me quedó más remedio que echar la cabeza para atrás y sacar la lengüita al aire, con la mala suerte de que buscando el timbre de la habitación 17B algo de líquido se me coló por la faringe hasta la nariz, lo que me hizo estornudar todo el aguaza sobre la puerta, en una nueva forma de arte interiorista que titulé «Dentífrico y babas sobre madera lacada» mientras mis ojos se descosían en lagrimones e intentaba paliar el hormigueo en mis sesos rascándome con ansia las sienes. 

La puerta, que había estado entreabierta desde el principio, se terminó de abrir para dejar paso a una cara femenina fragmentada por la sorpresa que tras contemplar mi reciente obra de arte sobre su entrada dirigió hacia mí su mirada ligeramente descompuesta.

—¿Puedo… ayudarle?— preguntó muy amablemente la señorita.
—¡Pica!¡Y quema!— pensé en espetarle; pero la dulzura rota de su mirada escandalizada me conmovió  y me excitó a partes iguales, por lo que en el acto giré el timón de mi discurso hacia rumbos más románticos. Sólo tenía que tomar prestadas mis impresiones sobre ella y dinamitarlas mentalmente hasta el punto en el que se atomizan hasta los pensamientos, y luego reconstruirlos de un modo tan ridículamente desligado de la realidad que, puestos en forma de palabras, pudieran quedar hasta atractivos. Chupado. Así que, con los ojos empantanados y la voz aún temblorosa, le recité:
«La preocupación que dibuja los surcos en tu rostro cubista se escurre por tu frente, por tus ojos y tus labios, alimentando la crisálida de una juventud marchita de la que se ha escapado el oro de tu tiempo, y la esencia de los años».

Hubo una pausa.

—¿Me estás llamando vieja?
—Sólo digo que tienes unas pocas arruguitas, pero vamos, que yo te daba…
—¡¿Perdón?!— la ira creciente de sus ojos marcaba más aún sus arrugas, pero evidentemente no iba a señalárselo ahora.
—¡La música, la música, escucha la música!— improvisé como buenamente pude— ¿No la escuchas? Es la melodía que nos susurra que tú y yo deberíamos…
—¡Sí!— me cortó bruscamente— ¡Sí la oigo! ¡Gracias al cielo!
—¿Ah, sí?... ¿La oyes?— pregunté un tanto sorprendido.
—¡Sí, y tú también!— se le saltaban las lágrimas de la emoción; ya teníamos algo en común— Todos estos años diciendo que estaba loca, ¡pero ahora tú también la oyes! Díselo. ¡Díselo! Háblales de la música. Diles que no estoy loca. ¡Háblales de la música!
—Pero verás, es que yo…
—Cállate, coño, que esta parte me encanta— cerró los ojos y empezó a bambolearse moviendo los dedos índices al ritmo de, lo que supuse que era, la música.

Entonces una voz proveniente del fondo de la habitación rompió lo que (en mi mente al menos) era un silencio crispado por los tarareos provenientes de la cabeza de aquella mujer bailonga.

(continuará)

martes, 18 de marzo de 2014

Se abre el telón (1)

Ayer estaba yo tendido sobre mi cama, que es en lo que suelo invertir la mayor parte de mi tiempo últimamente, desde que no tengo cosa mejor que hacer que enumerar los bultitos de gotelé del techo de mi cuarto (el otro día conté hasta la gotita mil doscientos sesenta y cuatro hasta que un huésped intestinal, en su afán por ser libre, me hizo revolverme sobre el pikolín quejumbroso, y claro, entre que todos los puntitos son iguales y que el pedo no salía, pues perdí la cuenta. Una faena.), cuando deslizaron por debajo de la puerta, de mi puerta, un sobre cerrado sin firma, con un sello un tanto feo.

—Qué raaaro —pensé yo. Puede que en voz alta. A veces pienso en voz alta. Otra faena.—, ya nadie escribe cartas, y si lo hace, las envía por correo, no las cuela por debajo de las puertas, y si lo hace, las firma, no las abandona al anonimato, y si lo hace, que no soy yo quién para juzgar las costumbres postales de la gente, desde luego no es a mí.  

Así que me levanté de un salto, me agaché para recoger el sobre, y lo abrí, dispuesto a descubrir que se habían confundido de destinatario (lo cual no era de extrañar en una residencia con tanta gente) y deslizárselo de vuelta vía puerta a Don Anónimo. En el interior se escondía un papelote din A4 cuidadosamente doblado en tres tercios decepcionantes. A día de hoy sigo esperando que alguien me enseñe un folio que no esté doblado en dos medios, o en tres tercios, o en cuatro cuartos, o en ocho octavos. Pasando por alto la evidente carencia de creatividad de sus dobleces, el texto decía así:

ESTIMADO DON (no reproduzco aquí mi nombre, porque cualquier desalmado podría luego utilizarlo para fines de cuestionable moral, pero aclaro que era yo. ERA YO.):

POR LA PRESENTE LE COMUNICAMOS QUE HA SIDO USTED SELECCIONADO POR NUESTROS EXPERTOS DEL DEPARTAMENTO DE RECURSOS HUMANOS PARA OPTAR POR LA VACANTE QUE HA DEJADO EL RECIENTE FALLECIMIENTO DEL ILUSTRE DON ANTÓN LLAVERO DE LATA (pobre hombre) COMO DIRECTOR DE RIESGOS Y PRODUCTOS FINANCIEROS DERIVADOS INTEGRADOS VOLÁTILES NO INFLAMABLES, JEFE DE OPERACIONES DE ACTIVOS INTANGIBLES SUBYACENTES DE COSTE INCRIMINATORIO Y GERENTE GENERAL GENERALMENTE DE PICKPOCKET TRADING Y DEMÁS ASESORÍAS BANCARIAS. 

LE RECORDAMOS QUE  PARA LA ENTREVISTA DEBE USTED ADJUNTAR, JUNTO A SU PERSONA PREFERIBLEMENTE, UN CURRICULUM, SU EXPEDIENTE, DOS CARTAS DE RECOMENDACIÓN, 10€ EN FORMA DE TASAS(*) Y  UNA FOTO RECIENTE.
POR FAVOR, PRESÉNTESE ESTA TARDE A LAS 3 EN PUNTO HORA ESPAÑOLA EN LA HABITACIÓN 17B DE LA TERCERA PLANTA, HABILITADA TEMPORALMENTE COMO DESPACHO DE LA EMPRESA. LE ROGAMOS SEA PUNTUAL.

CORDIALMENTE,

DON M. VENTANAL  ALFILER
DIRECTOR SUPREMO DE LA EMPRESA
(*)El origen de las tasas el total y completamente arbitrario. Cualquier reclamación que desee realizar sobre la aportación de las mismas será atendida por nuestro personal las 24 horas de día llamando al teléfono 91 123. EL INCLUMPLIMIENTO DEL PAGO DE LAS TASAS PODRÁ ACARREAR GRAVES CONSECUENCIAS SOCIALES, COMO MIRAMIENTOS DE REOJO POR LA CALLE, CUCHICHEOS Y MALAS HABLADURÍAS. 

Cuando terminé de leer  la carta noté que me estaba atragantando, en parte por la emoción, en parte porque a veces se me olvida tragar, y se me forman en la cavidad bucal unas balsas de saliva dignas de ser mencionadas en los libros sagrados. Normalmente, para deglutir tal cantidad de secreciones, me imagino que me estoy metiendo entre pecho y espalda un chupito de güisqui, como los vaqueros de las pelis que se ruedan en Almería, y pongo esa mueca que suelen poner los tipos duros cuando toman alcohol, mientras digo “chico, dame la botella”. Otras veces no tengo sed, y juego a los ataques epilépticos, y acabo perdidito de babas.

—Chico, dame la botella— dije con voz grave y la cara doblada—. Ya puedo pensar. ¡Una carta! ¡Para mí! M. Ventanal Alfiler… ¿Quién podrá ser? 

Anduve rebuscando en mi memoria quién podría ser esa M que me escribía. De repente caí, obviamente era mi tía abuela Mulancia. No recuerdo cómo se apellidaba, pero tenía que ser ella. Cuando era pequeño cogí su álbum de sellos de la estantería de su casa y me puse a chuparlos y pegármelos en la frente, aunque luego caí en que, siendo yo como era un niño regordete, probablemente  no cabría por la ranura del buzón, pero de haber entrado, creo que habría llegado hasta Cartagena. Sin embargo, antes de que pudiera siquiera intentarlo, me descubrió in fraganti  mi querida tía Mula, que viendo la colección filatélica de toda una vida artísticamente dispuesta sobre mi frontispicio, comenzó a jadear y convulsionar en el suelo, hasta que con un hilito de voz me dijo: “tú serías la última persona en el mundo en la que gastaría uno de mis sellos, pequeño hijo deee…”

—Se habrá quedado sin gente a la que escribir, y se habrá acordado de mí. Y encima me quiere dar trabajo. ¡Qué considerada la tía Mula! Volví a leer la carta. 

“Debe usted adjuntar, junto a su persona preferiblemente, un curriculum, su expediente, dos cartas de recomendación, 10€ en forma de tasas(*) y una foto reciente.”

De todas esas cosas, la persona preferiblemente no sabía lo que era; el curriculum me parecía un documento inmoral; mi expediente, evidentemente, no lo tenía yo; las cartas de recomendación ya era hora que me las pidieran; los diez euros tenían que ser una errata: según tenía entendido yo cómo funcionaba el mundo, en un empleo, por trabajar le pagaban a uno, no pagaba uno por trabajar; y la foto reciente, bueno, aunque no tenía ninguna a mano, creo que podría apañarlo.

Eran las doce, tenía que darme prisa. Decidí empezar por las cartas de recomendación. La primera iría sobre el servicio de la cafetería. En ella recomendaría amablemente que renovaran los sándwiches de atún pasado, y que quitaran del menú la sopa de aspecto orináceo y sabor urináceo. La segunda iría dirigida al jardinero, que se ponía a cortar el césped a las 8 de la mañana todos los días. En ella le recomendaría encarecidamente que se fuera a la mierda y/o se muriera.

Cogí un lápiz que me encontré un día en el pasillo, y me puse manos a la obra. Para cuando terminé todas mis tareas eran casi las dos. Ya decía yo que tenía hambre. Así que esperé a que fueran en punto, y me bajé a comer.  

—Sopa de pis otra vez— pensé.
—La próxima vez te meo en el plato para que sepas lo que es la sopa de pis de verdad, chato— contestó telepáticamente la cocinera.
—No me leas la mente, bruja— contesté yo achinando muy fuerte los ojos. Ups, allá va el pedo de antes.
—Bruja lo será tu madre, mongolo. Coge tu plato antes de que te lave la boca con lejía.

Sospeché entonces que tal vez había vuelto a pensar en voz alta. Daba igual, ahora tenía que concentrarme en la entrevista. ¡Qué emoción! Tenía que terminarme rápido la sopa, para lavarme los dientes y quitarme el olor a pipi de la boca, que nunca causa demasiada buena impresión.

(Continuará)


viernes, 7 de febrero de 2014

Frío apolar



Febrero trajo consigo un frente frío, el más frío que se recordaba en años. Los meteorólogos se volvían locos anunciando masas de aire gélido que venían del norte, que se mezclaban con las del este y del sur, con las del oeste; de todas partes decían unos, de ninguna otros. Lo cierto es que las temperaturas se desplomaron al amanecer a la misma velocidad que el sol se alzaba por el horizonte, pero eso no impidió que se levantara de la cama como cada mañana. Dos vueltas y media  de almohada. Ducha. Desayuno prescindible. Dentífrico en el cepillo, y ya se estaba haciendo tarde. Mierda.

Se miró una última vez en el espejo: hoy va a hacer frío.  Se puso una camiseta encima de la que llevaba, forcejeó su cuerpo por el interior de dos jerséis de lana gorda, se puso el abrigo, los guantes, y su cuello se fundió con la bufanda. Nada de gorros, se piensa mejor con la cabeza fría. Y veinticinco. No llego, no llego. ¿Cojo el autobús? Sí. No. Sí. No. Sí, o no llego a primera. Mierda.

Estaba nevando. Salió del portal y atravesó la calle caminando como lo hacen los pingüinos. Qué exagerado el del tiempo, hace frío, pero tampoco tanto. Pero a medida que llegaba a la marquesina, en la se refugiaba un museo de estatuas respirantes criogenizadas, el frío le fue calando milímetro a milímetro, y cada paso nuevo que daba le recordaba más vagamente que el anterior que su cuerpo seguía contenido abstractamente bajo su armadura textil. Absorta en su proceso de refrigeración, se deslizó por el espacio hasta una esquina de la marquesina, y se ovilló entre sus capas. Entonces algo cálido le tapó los ojos. Parecía su mano. Tiene que ser su mano, y está helada. Mierda.

El frío de aquellos dedos adamantinos le penetró la barrera epidérmica frontal de la cara, y como una ola le fue inundando la cabeza, hasta que, escarchando de pensamiento en recuerdo, sintió que le congelaba el hipotálamo. Cuando la mano se retiró y la luz volvió a inundarle el humor acuoso comprobó que efectivamente era él. Claro que era él. Nadie más estaría tan loco como para sacarse las manos de los bolsillos. Mierda.

Pero había algo raro. Parecía que hablaba, contento, a juzgar por la sutil sonrisa esbozada por sus labios oscilantes, pero no decía nada, no oía nada; no se escuchaba nada. Entonces miró a su alrededor, y se dio cuenta de que el aire se había congelado. Los copos no caían, se habían quedado anclados, inmóviles, en aquella matriz transparente que todos los días rellenaba el espacio; no corría el viento, no se propagaba el sonido, no hacía frío. Los primeros rayos de sol que asomaban por encima de las azoteas se deshilachaban en un torrente de colores, como dispersados por una sucesión infinita de prismas microscópicos, anegando la calle de trazas caleidoscópicas translúcidas. Alzó levemente la mano, y la agitó despacio, removiendo por convección cromática el medio densificado. El río de colores se arremolinó y se esparció hacia él; sorteando los vórtices que iba creando, el fluido rompió como la marea contra su cara, y se escurrió entre sus labios que seguían pronunciando un discurso mudo, y se mezcló con sus ojos. Fue en ese momento que le miró a los ojos; comprobó que la región que rodeaba aquella mirada era la única fracción del espacio que no estaba inundada por el éter pigmentado. Las estrías iridiscentes de su iris modulante parecían combarse y retorcerse en fractales circulares, y las contracciones de sus pupilas le dieron la impresión de que respiraban, de que hablaban, hablaban un lenguaje que entendía y conocía primitivamente mucho mejor que las gesticulaciones vocales que amagaban sus labios cárdenos. Intentó no hablarle a los ojos, porque sabía que al igual que la boca podía dar forma a cuantas mentiras quisiera, los ojos eran siempre sinceros. Trató de zafarse para no encontrarse desnuda, con su verdad desnuda, pero no podía separar sus ojos de los de él, y comenzaron a susurrarse miradas en lo más profundo de sus subconscientes, a gritarse lo que a sus labios habían prohibido pronunciar. 

—Te he preguntado que si te has estudiado el último tema. Hoy estás especialmente en la parra, ¿eh? ¿Has desayunado?
—¿Eh? No. Sí. No sé. Hace frío.
—Tampoco hace tanto frío. Ya está aquí el bus. ¿Subes? Subió.
—No.
—¿Por?
—Porque no hace tanto frío. 

La puerta del autobús se cerró en sus narices.

Me tendría que haber puesto el gorro. Mierda, pensó ella. Tengo frío. Mierda, pensó él. Mierda.