No creo
que tenga las pelotas para llamarlo asco, será el respeto, o el cariño, o qué
se yo, pero cada cual que lo llame como quiera. Me refiero a esa sensación que
me nace en distintos puntos de la anatomía; garganta, barriga, la parte de
arriba de la nuca donde nacen los escalofríos, y abdomen superior, justo debajo
del corazón, pero bien lejos de él, cuando se abre el telón y fingimos que nos
queremos. No estoy precisamente orgulloso de admitir que se me levanta, cada
vez que tu figura se cuela en mi retina, cada vez que el móvil me advierte
vibrando de tu presencia telemática justo antes de empezar a sonar, el labio
superior, empujando el moflete y haciendo que el párpado de abajo se me
contraiga casi imperceptiblemente con unas cosquillas horripilantes en lo que
creo que es una mueca de, o dicen que es, asco, pero como he dicho, yo no lo
llamaría así. No me malentiendas, también se me levanta, ya lo sabes, sigues
conservando, o sigo conservando yo, esa cualidad, pero de esto sí que no estoy
para nada orgulloso. De hecho, esto sí que es asco. Se me revuelven las tripas
cada vez que nos revolcamos en tus sábanas y mi escepticismo se transforma en
un monstruo horrible que te devora tu cuerpo, que roza nuestras pieles y te
agarra de la mano y te quiere besar, pero te quise demasiado como para hacer
esto último. Menos mal que cada vez lo hacemos menos. Quién nos lo iba a decir
cuando empezamos, ¿eh? Pensábamos que nunca nos cansaríamos de querernos y de ruborizarnos
a besos, y qué pronto se convirtió lo segundo en quedar para follar, y qué
pronto se convirtió lo primero en rutina. Lo peor de todo es que estoy
condenado a ti. Puedo abstraerme y ponerte mil caretas, y montarme mil
películas en mi cabeza en las que tú no eres tú, eres cualquier otra, pero en
la vida real no podría abandonarte por cualquiera de estas chicas sin nombre
que se disfrazan de ti, porque estoy condenado a ti, estoy atado. Porque me da
pánico pensar que sólo nos tenemos el uno al otro, y que más allá de nuestro
teatro puertas afuera, y nuestra consumición entre bastidores, sólo nos queda
la soledad. Es patético que sea el miedo a la soledad lo que nos condene a
estar solos ahora mismo, mucho más solos que si no estuviéramos juntos, pero hace
demasiado que entramos en una espiral de la que ninguno de los dos, deduzco, sabemos
ni queremos salir. Cada vez que uno de los dos reúne el coraje de ver más allá
del velo de desamor que nos hemos tejido en nuestras córneas metafóricas, el
otro, aún ciego, y aterrado de ver por fin su sufrimiento terminar, le prorrumpe
en reproches, tan falsos como su propia indignación, que acaban eclosionando en
una sinfonía de amargos orgasmos poscoitales. Qué te voy a contar. Así, como
sabrás, no llegamos a ningún lado. Sé que debería dejarte, y tú deberías
dejarme a mí, pero sé que al igual que no lo voy a hacer yo, no lo vas a hacer
tú. Pero estoy convencido de que en esta vida hay que echarle pelotas. Por eso
te dejo esta carta en el cajón donde guardas nuestras fotos y todos los regalos
que te he hecho estos años, para que si algún día te ataca la nostalgia y la
descubres, la leas y te indignes tanto como lo estoy yo ahora, y termines de
echarle los huevos que a mí me han faltado.
En esta vida sin valentía no llegas lejos.
ResponderEliminar