Febrero
trajo consigo un frente frío, el más frío que se recordaba en años. Los
meteorólogos se volvían locos anunciando masas de aire gélido que venían del
norte, que se mezclaban con las del este y del sur, con las del oeste; de todas
partes decían unos, de ninguna otros. Lo cierto es que las temperaturas se
desplomaron al amanecer a la misma velocidad que el sol se alzaba por el
horizonte, pero eso no impidió que se levantara de la cama como cada mañana.
Dos vueltas y media de almohada. Ducha.
Desayuno prescindible. Dentífrico en el cepillo, y ya se estaba haciendo tarde.
Mierda.
Se miró una
última vez en el espejo: hoy va a hacer frío.
Se puso una camiseta encima de la que llevaba, forcejeó su cuerpo por el
interior de dos jerséis de lana gorda, se puso el abrigo, los guantes, y su
cuello se fundió con la bufanda. Nada de gorros, se piensa mejor con la cabeza
fría. Y veinticinco. No llego, no llego. ¿Cojo el autobús? Sí. No. Sí. No. Sí,
o no llego a primera. Mierda.
Estaba
nevando. Salió del portal y atravesó la calle caminando como lo hacen los
pingüinos. Qué exagerado el del tiempo, hace frío, pero tampoco tanto. Pero a
medida que llegaba a la marquesina, en la se refugiaba un museo de estatuas respirantes
criogenizadas, el frío le fue calando milímetro a milímetro, y cada paso nuevo
que daba le recordaba más vagamente que el anterior que su cuerpo seguía
contenido abstractamente bajo su armadura textil. Absorta en su proceso de
refrigeración, se deslizó por el espacio hasta una esquina de la marquesina, y
se ovilló entre sus capas. Entonces algo cálido le tapó los ojos. Parecía su
mano. Tiene que ser su mano, y está helada. Mierda.
El frío de
aquellos dedos adamantinos le penetró la barrera epidérmica frontal de la cara,
y como una ola le fue inundando la cabeza, hasta que, escarchando de pensamiento
en recuerdo, sintió que le congelaba el hipotálamo. Cuando la mano se retiró y la
luz volvió a inundarle el humor acuoso comprobó que efectivamente era él. Claro
que era él. Nadie más estaría tan loco como para sacarse las manos de los
bolsillos. Mierda.
Pero había
algo raro. Parecía que hablaba, contento, a juzgar por la sutil sonrisa
esbozada por sus labios oscilantes, pero no decía nada, no oía nada; no se
escuchaba nada. Entonces miró a su
alrededor, y se dio cuenta de que el aire se había congelado. Los copos no
caían, se habían quedado anclados, inmóviles, en aquella matriz transparente
que todos los días rellenaba el espacio; no corría el viento, no se propagaba el
sonido, no hacía frío. Los primeros rayos de sol que asomaban por encima de las
azoteas se deshilachaban en un torrente de colores, como dispersados por una
sucesión infinita de prismas microscópicos, anegando la calle de trazas
caleidoscópicas translúcidas. Alzó levemente la mano, y la agitó despacio,
removiendo por convección cromática el medio densificado. El río de colores se
arremolinó y se esparció hacia él; sorteando los vórtices que iba creando, el
fluido rompió como la marea contra su cara, y se escurrió entre sus labios que
seguían pronunciando un discurso mudo, y se mezcló con sus ojos. Fue en ese
momento que le miró a los ojos; comprobó que la región que rodeaba aquella
mirada era la única fracción del espacio que no estaba inundada por el éter
pigmentado. Las estrías iridiscentes de su iris modulante parecían combarse y
retorcerse en fractales circulares, y las contracciones de sus pupilas le
dieron la impresión de que respiraban, de que hablaban, hablaban un lenguaje que
entendía y conocía primitivamente mucho mejor que las gesticulaciones vocales
que amagaban sus labios cárdenos. Intentó no hablarle a los ojos, porque sabía
que al igual que la boca podía dar forma a cuantas mentiras quisiera, los ojos
eran siempre sinceros. Trató de zafarse para no encontrarse desnuda, con su
verdad desnuda, pero no podía separar sus ojos de los de él, y comenzaron a
susurrarse miradas en lo más profundo de sus subconscientes, a gritarse lo que
a sus labios habían prohibido pronunciar.
—Te he
preguntado que si te has estudiado el último tema. Hoy estás especialmente en
la parra, ¿eh? ¿Has desayunado?
—¿Eh? No.
Sí. No sé. Hace frío.
—Tampoco
hace tanto frío. Ya está aquí el bus. ¿Subes? Subió.
—No.
—¿Por?
—Porque no
hace tanto frío.
La puerta
del autobús se cerró en sus narices.
Me tendría
que haber puesto el gorro. Mierda, pensó ella. Tengo frío. Mierda, pensó él.
Mierda.
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