Ayer estaba yo
tendido sobre mi cama, que es en lo que suelo invertir la mayor parte de mi
tiempo últimamente, desde que no tengo cosa mejor que hacer que enumerar los
bultitos de gotelé del techo de mi cuarto (el otro día conté hasta la gotita
mil doscientos sesenta y cuatro hasta que un huésped intestinal, en su afán por
ser libre, me hizo revolverme sobre el pikolín quejumbroso, y claro, entre que
todos los puntitos son iguales y que el pedo no salía, pues perdí la cuenta.
Una faena.), cuando deslizaron por debajo de la puerta, de mi puerta, un sobre cerrado sin firma, con un sello un tanto feo.
—Qué raaaro —pensé yo. Puede que en voz alta. A veces pienso en
voz alta. Otra faena.—, ya nadie escribe cartas, y si lo hace, las envía por
correo, no las cuela por debajo de las puertas, y si lo hace, las firma, no las
abandona al anonimato, y si lo hace, que no soy yo quién para juzgar las
costumbres postales de la gente, desde luego no es a mí.
Así que me levanté de un salto, me agaché para recoger el sobre, y
lo abrí, dispuesto a descubrir que se habían confundido de destinatario (lo
cual no era de extrañar en una residencia con tanta gente) y deslizárselo de
vuelta vía puerta a Don Anónimo. En
el interior se escondía un papelote din A4 cuidadosamente doblado en tres
tercios decepcionantes. A día de hoy sigo esperando que alguien me enseñe un
folio que no esté doblado en dos medios, o en tres tercios, o en cuatro
cuartos, o en ocho octavos. Pasando por alto la evidente carencia de
creatividad de sus dobleces, el texto decía así:
ESTIMADO DON (no reproduzco aquí mi nombre, porque cualquier
desalmado podría luego utilizarlo para fines de cuestionable moral, pero aclaro
que era yo. ERA YO.):
POR LA PRESENTE LE COMUNICAMOS QUE HA SIDO USTED SELECCIONADO POR
NUESTROS EXPERTOS DEL DEPARTAMENTO DE RECURSOS HUMANOS PARA OPTAR POR LA
VACANTE QUE HA DEJADO EL RECIENTE FALLECIMIENTO DEL ILUSTRE DON ANTÓN LLAVERO
DE LATA (pobre hombre) COMO DIRECTOR DE RIESGOS Y PRODUCTOS FINANCIEROS
DERIVADOS INTEGRADOS VOLÁTILES NO INFLAMABLES, JEFE DE OPERACIONES DE ACTIVOS
INTANGIBLES SUBYACENTES DE COSTE INCRIMINATORIO Y GERENTE GENERAL GENERALMENTE
DE PICKPOCKET TRADING Y DEMÁS ASESORÍAS BANCARIAS.
LE RECORDAMOS QUE PARA LA
ENTREVISTA DEBE USTED ADJUNTAR, JUNTO A SU PERSONA PREFERIBLEMENTE, UN
CURRICULUM, SU EXPEDIENTE, DOS CARTAS DE RECOMENDACIÓN, 10€ EN FORMA DE TASAS(*)
Y UNA FOTO RECIENTE.
POR FAVOR, PRESÉNTESE ESTA TARDE A LAS 3 EN PUNTO HORA ESPAÑOLA EN
LA HABITACIÓN 17B DE LA TERCERA PLANTA, HABILITADA TEMPORALMENTE COMO DESPACHO
DE LA EMPRESA. LE ROGAMOS SEA PUNTUAL.
CORDIALMENTE,
DON M. VENTANAL ALFILER
DIRECTOR SUPREMO DE LA EMPRESA
(*)El origen de las tasas el total y completamente
arbitrario. Cualquier reclamación que desee realizar sobre la aportación de las
mismas será atendida por nuestro personal las 24 horas de día llamando al
teléfono 91 123. EL INCLUMPLIMIENTO DEL PAGO DE LAS TASAS PODRÁ ACARREAR GRAVES
CONSECUENCIAS SOCIALES, COMO MIRAMIENTOS DE REOJO POR LA CALLE, CUCHICHEOS Y
MALAS HABLADURÍAS.
Cuando terminé de leer la carta noté que me estaba atragantando, en
parte por la emoción, en parte porque a veces se me olvida tragar, y se me
forman en la cavidad bucal unas balsas de saliva dignas de ser mencionadas en
los libros sagrados. Normalmente, para deglutir tal cantidad de secreciones, me
imagino que me estoy metiendo entre pecho y espalda un chupito de güisqui, como
los vaqueros de las pelis que se ruedan en Almería, y pongo esa mueca que
suelen poner los tipos duros cuando toman alcohol, mientras digo “chico, dame
la botella”. Otras veces no tengo sed, y juego a los ataques epilépticos, y
acabo perdidito de babas.
—Chico, dame la botella— dije con voz grave y la cara doblada—. Ya
puedo pensar. ¡Una carta! ¡Para mí! M. Ventanal Alfiler… ¿Quién podrá ser?
Anduve rebuscando en mi memoria quién podría ser esa M que me
escribía. De repente caí, obviamente era mi tía abuela Mulancia. No recuerdo
cómo se apellidaba, pero tenía que ser ella. Cuando era pequeño cogí su álbum
de sellos de la estantería de su casa y me puse a chuparlos y pegármelos en la
frente, aunque luego caí en que, siendo yo como era un niño regordete, probablemente
no cabría por la ranura del buzón, pero
de haber entrado, creo que habría llegado hasta Cartagena. Sin embargo, antes
de que pudiera siquiera intentarlo, me descubrió in fraganti mi querida tía
Mula, que viendo la colección filatélica de toda una vida artísticamente
dispuesta sobre mi frontispicio, comenzó a jadear y convulsionar en el suelo,
hasta que con un hilito de voz me dijo: “tú serías la última persona en el
mundo en la que gastaría uno de mis sellos, pequeño hijo deee…”
—Se habrá quedado sin gente a la que escribir, y se habrá acordado
de mí. Y encima me quiere dar trabajo. ¡Qué considerada la tía Mula! Volví a
leer la carta.
“Debe usted adjuntar, junto a su persona preferiblemente, un
curriculum, su expediente, dos cartas de recomendación, 10€ en forma de
tasas(*) y una foto reciente.”
De todas esas cosas, la persona preferiblemente no sabía lo que
era; el curriculum me parecía un documento inmoral; mi expediente,
evidentemente, no lo tenía yo; las cartas de recomendación ya era hora que me
las pidieran; los diez euros tenían que ser una errata: según tenía entendido
yo cómo funcionaba el mundo, en un empleo, por trabajar le pagaban a uno, no
pagaba uno por trabajar; y la foto reciente, bueno, aunque no tenía ninguna a
mano, creo que podría apañarlo.
Eran las doce, tenía que darme prisa. Decidí empezar por las cartas
de recomendación. La primera iría sobre el servicio de la cafetería. En ella
recomendaría amablemente que renovaran los sándwiches de atún pasado, y que
quitaran del menú la sopa de aspecto orináceo y sabor urináceo. La segunda iría
dirigida al jardinero, que se ponía a cortar el césped a las 8 de la mañana
todos los días. En ella le recomendaría encarecidamente que se fuera a la
mierda y/o se muriera.
Cogí un lápiz que me encontré un día en el pasillo, y me puse
manos a la obra. Para cuando terminé todas mis tareas eran casi las dos. Ya
decía yo que tenía hambre. Así que esperé a que fueran en punto, y me bajé a
comer.
—Sopa de pis otra vez— pensé.
—La próxima vez te meo en el plato para que sepas lo que es la
sopa de pis de verdad, chato— contestó telepáticamente la cocinera.
—No me leas la mente, bruja— contesté yo achinando muy fuerte los
ojos. Ups, allá va el pedo de antes.
—Bruja lo será tu madre, mongolo. Coge tu plato antes de que te
lave la boca con lejía.
Sospeché entonces que tal vez había vuelto a pensar en voz alta.
Daba igual, ahora tenía que concentrarme en la entrevista. ¡Qué emoción! Tenía
que terminarme rápido la sopa, para lavarme los dientes y quitarme el olor a
pipi de la boca, que nunca causa demasiada buena impresión.
(Continuará)
No hay comentarios:
Publicar un comentario