El
planeta se encontraba al borde del colapso. La superpoblación, la contaminación
y la escasez de recursos naturales obligaron a la humanidad a buscar un planeta
entre las estrellas que pudiera albergar al futuro de su civilización. Decidieron enviar una sola nave. Como no sabían cuántos
años se alargaría el viaje, eligieron un niño para la misión, y dejaron que se
llevara a su tortuga como compañía.
El niño
se pasó una semana contemplando el mundo. Saludó al verde de las hojas de los
árboles, a los pececillos del río y a los caracoles que había debajo de las
rocas. El día del despegue, se despidió de sus peluches y de sus amigos. Se
despidió de su madre y de su padre con el beso que le dan las madres a sus
hijos cuando se marchan al frente; y de su abuelo, y tomando a su tortuga en
brazos se introdujo dentro de la nave, que rugió hacia el cielo atravesando las
nubes blancas.
Pasaron
los años, y el adolescente fue aterrizando en todos los planetas que encontraba,
buscando muestras de vida en planetas similares al suyo. Encontró planetas llenos
de vida, repletos de microorganismos, planetas en los que toda la superficie
estaba recubierta por una especie de musgo que se agitaba cuando le bañaba la
luz de su estrella, y hasta un planeta habitado por alacranes de amoníaco que
tenían una jerarquía social. Sin embargo, ningún planeta reunía las
características para albergar humanos, así que siguió buscando, acompañado por
su tortuga, con la que cada noche se sentaba junto al gran ventanal de la nave
a mirar las estrellas, preguntándose si uno de esos puntitos sería su hogar.
Un día,
al despegar de un planeta en el que los árboles crecían hacia adentro, el
hombre vio cómo se adentraban inexorablemente en el interior de una tormenta
solar, que inutilizó los mandos y sumergió la nave en una enorme nebulosa que
no parecía tener principio ni final.
Los
años en el interior de la nebulosa trajeron la muerte de su tortuga, y el brote
de las canas en su barba y en sus cejas, y arrugas en sus ojeras. Con la soledad
que provoca el vacío interestelar, cada noche seguía sentándose en la ventana,
sujetando el caparazón de su amiga entre sus brazos, esperando que en algún momento
saliera de esa colosal nube de gas, y pudiera volver a su planeta.
Un día,
al despertar, el anciano descubrió que el polvo había dejado de rodear la nave,
y que los mandos volvían a funcionar. No obstante, el sistema de localización seguía
averiado, así que tomó el timón y puso rumbo al sistema más cercano. Así llegó
a un planeta parecido al suyo. Parecía contener grandes cantidades de agua, y
extensos continentes rocosos, por lo que, ilusionado por haber encontrado por
fin un planeta habitable, decidió aterrizar. Para su sorpresa, este planeta
estaba habitado por seres muy parecidos a él, y también poseía árboles que
crecían hacia afuera, y ríos, y rocas. Sin embargo en este planeta los árboles
no tenían las hojas verdes, sino grises, y los ríos marrones no tenían peces, y
debajo de las rocas no había caracoles, sólo sus caparazones. Pero lo que más
le llamó la atención fue que aquellos seres, que eran tan parecidos a él, no
hablaban, sólo se mataban entre sí para robarse. En las grandes ciudades la
gente se moría de hambre en las esquinas, mientras que unos pocos acaparaban
toda la comida.
Desolado
y horrorizado, volvió a la nave, donde clasificó el planeta de inhabitable, y
apuntó que había descubierto una especie de vida avanzada muy primitiva. Justo
cuando iba a despegar, creyó oír de fondo un mensaje ruidoso de radio:
“New Discovery, responda, New Discovery. Hemos avistado su nave en
el radar. Responda, New Discovery”
El
anciano paró los motores, descendió de la nave y arrancó la antena de radio
antes de volver a despegar. Mientras atravesaban el cielo surcando las nubes
negras, le susurró llorando a su tortuga:
“Volvamos
a casa”
TT_TT
ResponderEliminarQué triste, y por desgracia, qué acertado. Cualquiera que nos eche un vistazo desde el espacio, se lo pensaría dos veces antes de bajar.