viernes, 4 de octubre de 2013

La vergüenza de las hormigas



No sé si lo sabéis, pero las hormigas vivimos en grandes ciudades subterráneas. Entramos por los hormigueros, y tras dejar atrás un par de kilómetros de galerías serpenteantes, puestas ahí para engañaros, se abren enormes cúpulas sobre rascacielos de raíces y arena y casitas de adobe que nunca han visto la luz del sol. 

Aquí, en nuestras civilización soterrada, la vida se desarrolla de manera muy parecida a como lo hace ahí arriba. Ingenuamente pensáis que nuestra sociedad se compone únicamente de obreros, soldados y reinas; ingenuamente porque vuestra sociedad no se aleja demasiado de esta realidad. No obstante, aquí también tenemos médicos, abogados, economistas, bomberos y arquitectos. Aquí también nos cobija una carta magna, pagamos impuestos en grano, y discutimos con el vecino.  

Es cierto que la reina es la encargada de poner los huevos, pero el auténtico líder es el presidente de la colonia. Se elige democráticamente cada cuatro estaciones, y toma las decisiones importantes, como ir a la guerra o subir el alimento de los sueldos; gestiona la recogida de provisiones, y se encarga de que se mantenga el orden en la ciudad.

En nuestra colonia, hubo un año que fue muy seco, y la recogida fue especialmente escasa. Las arcas se vaciaban, y no llegaba comida del exterior. Ante la difícil situación, muchas hormigas se quedaron sin trabajo para poder seguir pagando al resto su grano. Ese invierno hubo elecciones, y el frío se llevó al antiguo presidente, y trajo a un nuevo gobernante que prometía que él haría llover. 

Llegó la primavera, y no llovió. Más hormigas se quedaron sin trabajo, y empezaron a cerrarse hospitales, porque no había grano suficiente para mantenerlos. En las calles de la ciudad se empezó a rumorear que nuestro líder no sabía hacer llover, que nos estaba mintiendo. En cuanto se enteró, el presidente reunió a todas las hormigas y anunció que no había por qué alarmarse: ¡había llovido, había llovido mucho, monzones! Pero había que esperar a que crecieran los brotes verdes para recogerlos.

El calor del verano secó el optimismo de la ciudad. A falta de agua, la sociedad empezó a nadar en el escepticismo. Nuestro gobernante seguía asegurando con firmeza que estaba lloviendo, y que pronto vendrían los nuevos alimentos, pero de fuera no llegaban noticias de una sola gota de agua. Cada vez más hormigas se quedaban sin trabajo, y sin nada que llevarse a la boca; y cada vez seguían cerrándose más hospitales y escuelas, e inexplicablemente las arcas seguían vaciándose cada vez más deprisa. 

Hartas de mentiras, las hormigas se empezaron a congregar en manifestaciones, pidiendo la dimisión de su presidente. Cada día, varias manifestaciones cruzaban la ciudad, exigiendo un líder que, lejos de inventarse la realidad, fuera capaz de arreglarla. Molesto con tanta crítica inútil, el presidente mandó al ejército de hormigas soldado vigilar todas las marchas, y, cuando el ruido fuera excesivo, disolverlas. Así, con miedo, consiguió acallar la voz que se estaba creando. 

Las hormigas empezaron a morirse en las esquinas. Unas de hambre, otras por falta de hospitales, y otras, de pena. Las marchas cada vez eran más multitudinarias, pero el presidente se negaba a dejar su puesto, y nadie sabía por qué. Una tarde de otoño se descubrió que el líder había estado robando comida de las arcas de la ciudad, y mientras su pueblo se moría de hambre, él había conseguido desviar un silo de grano suficiente para alimentar a media colonia.

La ciudad enloqueció. Toda la población dejó su miedo en casa y salió a la calle. Como una fuerza más de la naturaleza, la muchedumbre furiosa rodeó el palacio del gobernante. Entonces, el presidente de las hormigas, nuestro presidente, ordenó al ejército trazar un cordón marcial alrededor del palacio, esperar a los ciudadanos y aplastar despiadadamente aquella revuelta. 

La masa llegó al círculo de seguridad, y los soldados recibieron la orden de morder con toda la fuerza de sus mandíbulas a los indignados. Sin embargo, cuando se encontraron frente a frente, antena frente a antena, cada soldado vio en los ojos de la multitud la desesperación que tenía la mirada de su larva, que se iba cada noche con el abdomen vació a la cama, o la de su madre anciana, que se moría por no tener grano suficiente con que pagar los gastos médicos.

Avergonzados, los soldados fueron recibidos con vítores por el resto, y juntos echamos al presidente ladrón de su posición, y con la ayuda de la justicia le enviamos a donde van los ladrones, a la cárcel.

Esta es la triste historia de nuestra ciudad, pero lo más triste de todo es que a veces subo a la vuestra, y lloro.

1 comentario:

  1. Me encanta el triste paralelismo con nuestra situación actual. Yo también lloro, pequeña hormiga, y conmigo muchos ciudadanos por desgracia también.

    Precioso texto. No tengo palabras. Demasiada conmoción al ver la realidad plasmada en forma de cuento. Regálanos más verdades disfrazadas de moraleja, por favor.

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