martes, 8 de octubre de 2013

No hay peor ciego



Siempre pedía en la misma esquina. Cada mañana se levantaba con las primeras luces del alba, fragmentadas por el horizonte escarpado de las azoteas de Madrid, e iniciaba su migración matutina hasta el cruce de la calle Alcalá con Recoletos. Allí se ganaba malamente la vida, de ventanilla en ventanilla, de Mercedes en Mercedes, de ejecutivo en ejecutivo; ajado y sucio, como el vaso de cubata que le acompañaba siempre entre sus temblorosas manos como un compañero de viaje en la carretera hacia la decadencia. 

Los mejores días, su pozo de los deseos polimérico le regalaba desde el fondo de su cilíndrica morfología un puñado de monedas de diez y veinte céntimos suficientes como para comprarse una hamburguesa en el McDonald’s de la Calle Atocha con el Paseo del Prado; y si había suerte y le atendía Jorge, y no miraba el encargado, a veces caían también unas patatas medianas con un par de sobrecitos de kétchup y solidaridad. El resto de las veces, la mayor parte de ellas, tenía que buscarse el pan en los contenedores de basura de los supermercados, en una patética carrera con otros merodeadores urbanos; vagabundos, parados y jubilados, por ver quién encontraba los yogures menos caducados. 

Cuando caía la noche regresaba a su céntrico chalet de cartón, a su nido, antes de que las especies depredadoras nocturnas del ecosistema metropolitano salieran a cazar. Esporádicamente le atacaba una bandada de buitres borrachos en busca de un poco de carroña con la que divertirse mientras les durara el pedo, pero lo que más temía eran las emboscadas de los cuerpos de seguridad del Estado, que, por acta oficial del ayuntamiento, tenían orden de despertar, disturbar y desalojar a cualquier ciudadano que se encontrara descansando en la vía pública. Así, él, y tantos otros, se convirtieron en nómadas de ciudad, en fugitivos inocentes perseguidos por una ley de la cual estaban excluidos. 

A pesar de los intentos de la administración por hacer desaparecer aquella peste humana que infestaba sus calles y paseos, aquel ejército de hombres y mujeres, de niños y de ancianos, seguía migrando sin rumbo ni techo, recorriendo los barrios de Madrid, cada uno girando en su propia espiral; espiral en cuyo centro se encontraba lo que un día fue se hogar, su pasado al que era demasiado doloroso regresar.

Cada día más gente se unía a esta marcha lamentable. La crisis económica y la ola insaciable de desahucios no hacían más que engordar las filas de esta realidad silenciosa, una realidad que todo el mundo veía, pero nadie quería ver. En una desesperada intervención por limpiar el nombre de la ciudad, cuya reputación había hecho desplomarse el turismo en caída libre en los últimos meses, el ayuntamiento decidió declarar a los vagabundos, sintecho, mendigos y demás maleantes como invisibles. Así la capital sería un lugar mucho más seguro, limpio, y sobre todo, más humano.

Desde que fue clasificado como transparente, le empezó a costar mucho más ganarse la vida. Antes, en su esquina de Recoletos nadie le miraba. Ahora, nadie dejaba las monedas de los intersticios del coche en su viejo cubata. Nadie bajaba la ventanilla. Nadie le veía. 
     
La fría mañana del 24 de diciembre dejó su improvisado hogar bajo el techo de la Parroquia del Buen Suceso, frente al Corte Inglés de Princesa, y subió por la nevada Gran Vía mientras se colocaba su gorrito de lana ennegrecido y sus guantes, o lo que quedaban de ellos. Al llegar a su esquina frente a la diosa Cibeles, y el ayuntamiento que lo había hecho desaparecer, agarró su vaso, lo limpió un poco con el dedo índice, y cruzó hacia Banco de España. Tenía la esperanza de poder reunir suficiente dinero como para comprar unas lonchas de chóped y llevarlas para la cena de Nochebuena en casa de su hija, a la que hacía cuatro años que no veía. En ese momento un Mercedes se saltó el semáforo y lo atropelló, llevándose su vida en su parachoques abollado. 

La ambulancia recogió su cuerpo siguiendo las huellas de sangre en la nieve, y lo llevaron a la morgue. Allí pasó sólo, una vez más, la Nochebuena. ¿Pero quién hubiera ido a verle, si era invisible?

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