El pianista
se recostó ligeramente sobre la pared costrosa de su celda, y del interior del
colchón mugriento comenzó a desparramarse un lamento oxidado y monótono orquestado
por una multitud de muelles cansados. Con la mirada perdida en sus
pensamientos, empezó a botar sobre el colchón; primero una vez, luego otra vez,
silencio y luego otra, otra y otra. Por muy frío que fuera el sonido metálico,
la melodía le dejaba un regustillo a pasión en la saliva, un amago de
dilatación en la pupilas, por fin entre tanta mierda olía un poco a pecado.
Cerró los ojos, y dejando de botar empezó a silbar. Las notas resonaron de
barrote en barrote hasta que inundaron todo el pasillo, incrustándose en los
recuerdos grises del resto de los presos. No dejó de crear música cuando se
acercó el celador.
—Cállate,
Grodrick. ¿O es que aparte de los dedos quieres que te cosamos los labios?
Modulando
aún la frecuencia del aire, se miró sus manos sin dedos. Todavía a veces podía
sentirlos bailotear entre las teclas de su Steinway. Entonces dejó de silbar.
—¿Cuántas
notas son necesarias para matar a una persona?
—Conoces
perfectamente la ley. Dos, y sólo dos notas.
—Está usted
fuera de si. El guardia desconfió.
—¿Lo ve? Ha
entonado mal, sería si si do si. Dos, y
sólo dos notas —repitió entonando exageradamente—. Aun así, está hecho todo
un virtuoso, sargento.
El sargento
se rio con más asco que ganas. Abrió la celda y le propinó una patada en el
estómago.
—La escoria
como tú y como todos vosotros me da asco. Ya estoy harto de vuestras
provocaciones, de vuestro arte—le
pisó los muñones—.¿Dónde están vuestras musas ahora? El pianista gritó de
dolor.
Llegó
corriendo por el pasillo un hombre en bata blanca acompañado por dos soldados.
Llevaba consigo un cuaderno y un bolígrafo. Al ver el espectáculo entró en la
celda y detuvo la agresión.
—No sea
bruto, sargento, que no sería la primera vez que nos los deja tontos o lisiados, y
así no me sirven. Si le parece, cada vez que se exceda, se los va a llevar usted
a su casa, a limpiarles las babas y el culo. ¿Estamos?
El sargento
se hizo a un lado avergonzado, aunque seguía mirando a Grodrick con la misma
cara de repugnancia. El doctor comprobó brevemente que el pianista se
encontraba aún funcional, se levantó, se colocó las gafas con compostura, se
aclaró la garganta y leyó en voz alta:
“Carla
Strass, pintora, celda cuatro cero cinco. Escáner. Alexandre Gul, escritor,
celda cuatro dos dos. Lobotomía.”
Como si
fueran autómatas, los dos soldados se dirigieron cada uno a una celda. Cuando
se encontraban frente a las respectivas puertas, cargaron las armas que
llevaban consigo y, como si no escucharan las súplicas que crispaban el aire,
dispararon. La pintora y el escritor se desplomaron a los pocos segundos sedados
en un silencio que sepultó las miradas del resto de reclusos. En cuanto sus
mejillas besaron el frío del suelo sonó una bocina y de la puerta doble que
había al final del pasillo apareció un regimiento de enfermeros que trotaba
conducido por el delicado chirriar de las ruedas de las camillas. Se dividieron
en dos grupos de tres. Dos asían al abatido por los pies y las axilas, y el
tercero le bajaba los párpados de sus ojos aterrados. Metódicamente les
colocaron en las camillas y condujeron los cuerpos a la sala que había al otro
lado de las puertas abatibles.
Mientras el
doctor apuntaba en su cuaderno la hora en que habían sido sedados y la dosis de
tranquilizante que habían recibido, el pianista levantó la cabeza hacia el
suboficial.
—Psss. ¡Wulth!
El sargento se giró.
—¿Piensa
llevarme a su casa a limpiarme el culo? ¿O tiene miedo de que vegetal y sin
dedos pueda hacerle más a su mujer de lo que usted ha hecho en toda su vida con
todo su cuerpo?
Wulth
desenfundó su pistola y le encañonó el entrecejo.
—Una palabra
más, una, y te juro que te vuelo los sesos, bohemio de mierda.
—No entre al
trapo, sargento, que parece que nació ayer —el doctor le miró por encima de las
gafas negando con condescendencia. La ira fluyó por las venas del soldado más viscosa
que la sangre, temblando volvió a encajetar el arma en su funda.
El pianista
comenzó a componer.
—¿Y sabe lo
mejor? Grodrick se puso de rodillas.
Primero vendría
el preludio afónico. Pero a medida que el sargento se giraba, notaba cómo el silencio abrasante se convertía en música
en su cabeza. Los movimientos se le arremolinaron en un mejunje amorfo de
sinfonía, fuga y sonata, y los pelos se le erizaron con el éxtasis de sus
sienes. Alzó la cabeza, sonrió, y magnífico cerró los ojos.
—Le
susurraría una canción al oído.
Ni un
segundo después le atravesó limpiamente el cráneo una bala que esparció sus
sesos contra la pared. En cuanto encontró los agujeros, la música comenzó a
brotar de su cabeza resonante, rellenando como un fluido meloso los huecos vacíos
que dejaban las partículas del aire. Al ritmo se escurrían por la pared de su celda, dibujando
un pentagrama vertical, las gotas de sangre negra coagulada , abrazando sus corcheas, sus
negras y sus fusas neuronales.
Enterraron
su cuerpo a veinte metros bajo tierra, en un sarcófago de acero y hormigón, pero
su obra póstuma no dejó de resonar entre los cimientos del hospital hasta que finalmente
fue derribado.
Algún día me compraré una peonza,lo sé.
ResponderEliminarY un yo-yo, definitivamente un yo-yo también.
ResponderEliminarhttp://www.yoyoz.co.uk/catalog/images/red-fast-yoyo.gif este el yoyo que quiero,por si te interesa Alberto Báscones.
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