No sé
si lo sabéis, pero las hormigas vivimos en grandes ciudades subterráneas.
Entramos por los hormigueros, y tras dejar atrás un par de kilómetros de
galerías serpenteantes, puestas ahí para engañaros, se abren enormes cúpulas
sobre rascacielos de raíces y arena y casitas de adobe que nunca han visto la
luz del sol.
Aquí,
en nuestras civilización soterrada, la vida se desarrolla de manera muy
parecida a como lo hace ahí arriba. Ingenuamente pensáis que nuestra sociedad
se compone únicamente de obreros, soldados y reinas; ingenuamente porque
vuestra sociedad no se aleja demasiado de esta realidad. No obstante, aquí
también tenemos médicos, abogados, economistas, bomberos y arquitectos. Aquí
también nos cobija una carta magna, pagamos impuestos en grano, y discutimos
con el vecino.
Es
cierto que la reina es la encargada de poner los huevos, pero el auténtico
líder es el presidente de la colonia. Se elige democráticamente cada cuatro
estaciones, y toma las decisiones importantes, como ir a la guerra o subir el
alimento de los sueldos; gestiona la recogida de provisiones, y se encarga de
que se mantenga el orden en la ciudad.
En
nuestra colonia, hubo un año que fue muy seco, y la recogida fue especialmente
escasa. Las arcas se vaciaban, y no llegaba comida del exterior. Ante la
difícil situación, muchas hormigas se quedaron sin trabajo para poder seguir
pagando al resto su grano. Ese invierno hubo elecciones, y el frío se llevó al
antiguo presidente, y trajo a un nuevo gobernante que prometía que él haría
llover.
Llegó
la primavera, y no llovió. Más hormigas se quedaron sin trabajo, y empezaron a
cerrarse hospitales, porque no había grano suficiente para mantenerlos. En las
calles de la ciudad se empezó a rumorear que nuestro líder no sabía hacer
llover, que nos estaba mintiendo. En cuanto se enteró, el presidente reunió a
todas las hormigas y anunció que no había por qué alarmarse: ¡había llovido,
había llovido mucho, monzones! Pero había que esperar a que crecieran los brotes
verdes para recogerlos.
El
calor del verano secó el optimismo de la ciudad. A falta de agua, la sociedad
empezó a nadar en el escepticismo. Nuestro gobernante seguía asegurando con
firmeza que estaba lloviendo, y que pronto vendrían los nuevos alimentos, pero
de fuera no llegaban noticias de una sola gota de agua. Cada vez más hormigas
se quedaban sin trabajo, y sin nada que llevarse a la boca; y cada vez seguían
cerrándose más hospitales y escuelas, e inexplicablemente las arcas seguían
vaciándose cada vez más deprisa.
Hartas
de mentiras, las hormigas se empezaron a congregar en manifestaciones, pidiendo
la dimisión de su presidente. Cada día, varias manifestaciones cruzaban la
ciudad, exigiendo un líder que, lejos de inventarse la realidad, fuera capaz de
arreglarla. Molesto con tanta crítica inútil, el presidente mandó al ejército
de hormigas soldado vigilar todas las marchas, y, cuando el ruido fuera
excesivo, disolverlas. Así, con miedo, consiguió acallar la voz que se estaba
creando.
Las
hormigas empezaron a morirse en las esquinas. Unas de hambre, otras por falta
de hospitales, y otras, de pena. Las marchas cada vez eran más multitudinarias,
pero el presidente se negaba a dejar su puesto, y nadie sabía por qué. Una
tarde de otoño se descubrió que el líder había estado robando comida de las
arcas de la ciudad, y mientras su pueblo se moría de hambre, él había
conseguido desviar un silo de grano suficiente para alimentar a media colonia.
La
ciudad enloqueció. Toda la población dejó su miedo en casa y salió a la calle.
Como una fuerza más de la naturaleza, la muchedumbre furiosa rodeó el palacio
del gobernante. Entonces, el presidente de las hormigas, nuestro presidente,
ordenó al ejército trazar un cordón marcial alrededor del palacio, esperar a
los ciudadanos y aplastar despiadadamente aquella revuelta.
La masa
llegó al círculo de seguridad, y los soldados recibieron la orden de morder con
toda la fuerza de sus mandíbulas a los indignados. Sin embargo, cuando se
encontraron frente a frente, antena frente a antena, cada soldado vio en los
ojos de la multitud la desesperación que tenía la mirada de su larva, que se
iba cada noche con el abdomen vació a la cama, o la de su madre anciana, que se
moría por no tener grano suficiente con que pagar los gastos médicos.
Avergonzados,
los soldados fueron recibidos con vítores por el resto, y juntos echamos al
presidente ladrón de su posición, y con la ayuda de la justicia le enviamos a
donde van los ladrones, a la cárcel.
Esta es
la triste historia de nuestra ciudad, pero lo más triste de todo es que a veces
subo a la vuestra, y lloro.
Me encanta el triste paralelismo con nuestra situación actual. Yo también lloro, pequeña hormiga, y conmigo muchos ciudadanos por desgracia también.
ResponderEliminarPrecioso texto. No tengo palabras. Demasiada conmoción al ver la realidad plasmada en forma de cuento. Regálanos más verdades disfrazadas de moraleja, por favor.